Martes 19 DE Marzo DE 2019
La Columna

¿Y por qué no amnistiar también a Nicolás Maduro?

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com
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La noticia, al cabo de dos días, luce hoy desgastada por efecto del manoseo, la repetición y la estridencia de las voces que –unas a favor y otras en contra– no han parado de hacer eco: el Congreso conoció en segunda lectura las reformas a la Ley de Reconciliación Nacional, que deja sin efecto los juicios por crímenes de lesa humanidad en Guatemala y, con ello, libera de la cárcel no sólo a los que actualmente están siendo procesados sino a quienes ya cumplen condena por cometer esos delitos.

 

¿Manoseo? ¿Repetición? ¿Estridencia? Sí, eso dije. Dos corrientes de pensamiento, en pugna desde hace 250 años, se rifan hoy el todo por el todo en su disputa por la hegemonía; es decir, por imponer una versión definitiva –la suya– sobre la realidad y los hechos que la componen.

 

Conste que lo raro no es que haya dos posiciones en discordia. De hecho, puntos de vista los hay tantos como seres humanos, de modo que si hablo únicamente de dos posiciones es porque son éstas dos las que dominan –por lejos– el avispero multitudinario de “ideas y creencias” y trazan el rumbo de la llamada opinión pública. Tampoco es raro que ambas sean mutuamente repelentes. Ni siquiera considero extraño que, incompatibles y todo, aun odiándose a muerte, en última instancia se necesiten para justificar cada una su propio dogma cerrado.

 

Que ni siquiera se escuchen, que hagan rabieta y se desplanten la una a la otra como doncellas mimadas es algo que no debiera extrañarme tampoco, aunque vaya si hay motivos para lamentarlo. Una sociedad que no ventila sus problemas con apertura a lo que quienes piensan distinto tengan que decir, un país incapaz de hallar puntos en común, una ciudadanía sin consensos mínimos está condenada a lo que vemos: alimentar el fermento de la guerra ad nauseam, ad infinitum, por los siglos de los siglos.

 

El fundamentalismo está saliéndonos muy caro. Nos dijeron que las dudas son muestra de debilidad, que sólo las certezas nos hacen fuertes, que al enemigo se le combate con mano dura, y terminamos creyéndonoslo. Además, pareciera más fácil así: las certidumbres (aunque falsas) reconfortan, mientras que los cuestionamientos (aunque legítimos) incomodan como piedra en el zapato.

 

Pero ocurre que sólo alguien que no duda es capaz de odiar. Y si algo nos tiene enfermos a los guatemaltecos es el odio. Un odio que de tanto replicarlo se nos ha hecho primero costumbre, luego vicio, después adicción.

 

Vuelvo ahora al párrafo inicial. Amnistiar el terrorismo de Estado sin siquiera admitirlo como falta grave, indultar la brutal carnicería que arrastramos a cuestas sin antes entender bien qué fue lo que sucedió, desentendernos olímpicamente del peso de nuestra sangrienta historia sin expresar por las víctimas una cuota sincera de empatía, eximir al verdugo sin reconocer el sufrimiento del perseguido, del torturado, del desaparecido, del masacrado, de cientos de miles de viudas y huérfanos civiles, inocentes; cerrar el capítulo sin dimensionar el calibre de la tragedia es una afrenta a la dignidad de quienes fueron y siguen siendo carne de cañón, y está muy lejos de encaminarnos por la vía de la paz. Algo así sólo alimenta el odio y mantiene abiertas las heridas. Es comprensible entonces que los afectados griten, iracundos: “No olvidamos, no perdonamos, no nos reconciliamos”.

 

Abunda, en el otro extremo, gente que desea con todas sus fuerzas ver a Nicolás Maduro enfrentando juicio por crímenes de lesa humanidad contra el pueblo venezolano. Les pregunto: ¿qué tal si lo amnistiamos a él también?

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