Jueves 18 DE Abril DE 2019
La Columna

Cuaresma antigüeña

SOBREMESA

— María Elena Schlesinger

Recibimos el año nuevo en lo alto de una terraza con vista a los volcanes y montes que rodean la ciudad de La Antigua, con el cielo iluminado por fuegos artificiales y centenares de globos de papel de china que volaban hacia el Sur. Un nuevo año se nos venía encima, y entre abrazos y buenos deseos de la familia y amigos de toda la vida, alguien clamó despuesito de las 12: “pero qué alegre, porque ya viene la Cuaresma”.

No es de extrañar entre antigüeños ser tan afectos a tal época, la esperada, que distingue a los panzas verdes de pura cepa, a quienes nacieron entre ruinas de casas e iglesias, toques de campana marcando horas precisas del día, alternando con música de fondo de una balada romántica quejumbrosa, marimba o, por supuesto, marchas procesionales en programas que antes se sintonizaba en pequeños radios de transistores para anticipar la llegada de la Cuaresma.

La gran mayoría de antigüeños nacidos en el cuadrante del medio centenar de manzanas que componen el casco histórico, y la extensión de sus barrios aledaños, son fanáticos de la época cuaresmal. Les encantan las procesiones aunque algunos se consideren ateos, porque igual hacen alfombras y visitan las velaciones, porque la Cuaresma va más allá de las creencias, es la época del año que reúne a la familia y amigos, creando lazos de identidad que afirman el tejido social.

La Cuaresma es el parteaguas del año antigüeño, el antes y después. Se añora que llegue y cuando pasa, se empiezan a contar los días para el retorno en el calendario del tiempo de las procesiones del Nazareno, de las alfombras de aserrín teñido, velaciones, desfile de romanos con casco de plumas de cepillo de plástico, y la comida tradicional de la época, como las empanadas fritas de leche, el chinchivir con ese toque de jengibre, los panes con curtido y pollo sazonado con salsa de tomate asado, amén de los churros y las tostadas infaltables.

La cuaresma antigüeña con sus cortejos procesionales, velaciones de telón, huertos y jardines floridos con vegetales enormes y fruta olorosa en ofrenda, alfombras de aserrines y flores donde se practica el arte efímero barroco más delicado y bello, es referencia importante de toda Guatemala, y muestra a una población vigorosa y unida, con identidad y carácter propio.

La Antigua Guatemala es sus habitantes, quienes nacieron en esa caballería histórica de terreno cubierto de ruinas preservan su esencia, tradiciones y creencias. Antigüeños que en la actualidad pelean con aliento y espíritu contracorriente a la invasión extranjera transgresora y descompuesta, que sin querer queriendo ha ido cambiado la vocación de la ciudad hacia un atractivo turístico de paso, fiesta y desorden callejero, para quienes les interesa un bledo el carácter, sintonía y esencia de la ciudad.

Soy antigüeña porque me casé con un panza verde y me duelen los desmanes que se suceden a diario en la ciudad. El nuevo rumbo que está tomando y la falta de cuidado hacia su acervo arquitectónico y humano.

En casa esperamos la Cuaresma como agua de mayo. Es la estación que nos identifica como familia y comunidad, porque expresa las raíces del terruño. De nosotros, los vecinos, depende su preservación, porque sin devoción pasaría la ciudad colonial a ser apenas una especie de parque temático de verano para turistas locales o extranjeros desvelados.

mariaelenaschlesinger@gmail.com

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