Sábado 20 DE Julio DE 2019
La Columna

Siberia

EL BOBO DE LA CAJA

Fecha de publicación: 22-02-19
Por: Andrés Zepeda

 

Uno. Hace un tiempo ya, investigando el fenómeno de las pandillas conocí a la plana mayor de la clica Coronados Locos de la mara Salvatrucha. Iba acompañado de dos colegas, tan aventureros e imprudentes como yo. Tuvimos suerte de caerles bien y no acabar desollados, pero esa es historia aparte.

 

Al año siguiente quisimos retomar contacto y la nómina había cambiado drásticamente. Al cabecilla lo cosieron a balazos en un ajuste de cuentas y hubo pugnas internas al elegir quién ocuparía su lugar. El ungido resultó siendo alguien a quien no conocíamos.

 

La fortuna quiso, menos mal, que con él también hiciéramos buenas migas; a tal punto que, más adelante, con el agua al cuello nos llamó. Había solicitado el derecho de quebrada, es decir, permiso a sus homies para desligarse del grupo. Ese tipo de peticiones sólo se hacen por motivos de fuerza mayor. Lo usual es interpretarlas como rapto de cobardía o, peor aún, como finta de alta traición.

 

Su tropa le dijo que sí, en recompensa por haber sido un jefe entregado a la causa. Pero el precio a pagar a cambio del salvoconducto es altísimo: una vez fuera, la mara lo desconoce. No hay vuelta atrás. Cero protección. Si te he visto, no me acuerdo. De la noche a la mañana pasó entonces a ser ya no un golfo temido, poderoso y escoltado sino un don nadie vulnerable al ataque de la policía, de la mara rival, de algún deudo vengador o incluso de su propia gente, por desconfianza.

 

Nos pidió ayuda para escapar del país. Quería ir a Estados Unidos, cruzar de mojado. Lo convencimos de una mejor idea y arreglamos su ingreso a España sin transgredir la ley. Días más tarde se enlistó como bracero en la construcción de carreteras. No pasó ni un año y ya colaboraba con la fuerza pública, asesorándola en cómo prevenir el ingreso de pandillas en ese país y de qué modo lidiar con su progresivo aumento. Una mente brillante.

 

De su copiosa y peculiar jerga me llamó siempre la atención el uso del código Rusia/Chechenia/Siberia. “¿Qué es eso?”, le pregunté en una de tantas. Supe entonces que se dice Rusia cuando las cosas están bien, Chechenia cuando están regular y Siberia cuando están mal. El juego de estereotipos tenía sentido.

 

Dos. Ya sólo por tener que soportar ese clima, los oriundos de Siberia poseen un temple extraordinario. Lo confirmé al conocer a una de aquellas bellezas eslavas que llegaron a Guatemala cuando cierto prostíbulo de lujo las hizo traer. Era directa y glaciar de palabra, tensa y fibruda al tacto; un trozo de mármol esculpido. Coincidimos donde una amiga común, en la segunda planta de un edificio de apartamentos. Había ingresado por el balcón, encaramándose en el árbol que crecía a la par. Yo, que me considero ágil, no creo haber podido lograrlo. Tampoco lo intenté.

 

Tres. Justo por estas fechas, el año pasado me encontraba en el norte de Bélgica recuperándome de una operación en la rodilla. Antes de eso los inviernos boreales fueron para mí atracción sensacional, no tormento. La inactividad me impedía generar suficiente calor propio. Afuera la temperatura había descendido por debajo de los 15 grados bajo cero. Las escuelas suspendieron clases.

 

Muy metido estaba yo en el papel de víctima cuando, en eso, me puse a leer las noticias: de Siberia informaban que, por llegar a -30, los niños podían quedarse en casa. El cese sería también para las secundarias cuando el termómetro bajara de los -40.

 

Una semana después, Siberia amaneció a -65.