Martes 20 DE Agosto DE 2019
La Columna

Escuchando a Ernesto Cardenal

Lado b

Fecha de publicación: 19-02-19
Por: Luis Aceituno

En enero de 2005, mi amigo el poeta nicaragüense Luis Rocha me invitó a formar parte del jurado del Premio Latinoamericano de Poesía Ernesto Cardenal. Fue un honor para mí por muchas razones. La primera, porque esto implicaba participar también en las celebraciones por los 80 años del mítico sacerdote y poeta revolucionario, una de las figuras tutelares de mis años de adolescencia. Y la segunda, porque los otros integrantes del jurado eran nada menos que la salvadoreña Claribel Alegría y la cubana Nancy Morejón, dos poetas a las que les tengo un inmenso respeto. Fueron tres semanas muy intensas en Nicaragua, en donde Luis se dio a la tarea de mostrarme los rincones más significativos de la geografía del país; en donde sostuve largas conversaciones con Nancy y Claribel; y en donde pude entrevistar a Cardenal durante una mañana entera, de manera reposada y a profundidad, lo que para mí significó uno de esos extraños privilegios que te conceden la literatura y el periodismo.

Era el momento en que terminaban de editarse los cuatro tomos de la autobiografía de Cardenal. Yo había casi devorado los dos primeros, Vida perdida y Los años de Granada, y en esa estancia en Nicaragua, la ocasión lo requería, aproveché para leer Las ínsulas extrañas, un volumen en donde el poeta relata el tiempo vivido en el archipiélago de Solentiname, que a mí personalmente me hizo regresar a mis años de estudiante en el Colegio La Salle de La Antigua Guatemala.

Fue el Hno. Carlos Laínez, profesor mío en el Magisterio, el que me prestó una antología de los poemas de Ernesto Cardenal. Un libro iniciático para mí, que me abrió los ojos, y habría que decir también los oídos, a lo mejor de la poesía del siglo XX. Iba a decir escrita en lengua castellana, pero fue Cardenal también el que me abrió al universo de la poesía estadounidense, por medio de la también iniciática antología que hizo junto a José Coronel Urtecho, que me llevó a Thomas Merton, el gran poeta místico gringo, y a escritores mucho más terrenales como William Carlos Williams y Gregory Corso. A partir de estas revelaciones, lo único que yo quería a los 16 años era partir hacia Solentiname, la comunidad místico poética que Cardenal había formado junto a los habitantes de estas pequeñas islas sobre el gran Lago de Nicaragua. La última utopía.

Pero Cardenal no era solo el autor de poemas deslumbrantes como La hora cero, era también el muchacho al que lo había dejado la novia y en respuesta a esto había escrito un artículo contra Somoza por el que se fue preso; era el tipo que había abandonado la vida mundana para dedicarse a defender los intereses de la poesía y el espíritu; era el sacerdote que le anunciaba el evangelio a campesinos y pescadores; era el místico que se había unido a una revolución armada para luchar por la dignidad de los hombres; era el excomulgado de la Iglesia por abrazar la causa de los desposeídos.

Cuando lo vi en 2005, a sus 80 años, Cardenal era todavía esa presencia poderosa que parecía que de un momento a otro iba a separar las aguas del Lago de Managua para mostrarte el camino. Hoy, a sus 94, se encuentra gravemente enfermo en una cama de hospital y, sobre todo en esta época, es demasiado difícil comprender que hombres como él tengan que dejarnos.