Sábado 16 DE Febrero DE 2019
La Columna

Facebook y la próxima batalla

Lado b

— Luis Aceituno
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Hará cosa de 10 años, quizás un poco más, una amiga de ‘elPeriódico’ me animó a abrir una cuenta en Facebook. Me echó todo el párrafo de que las redes sociales eran las puertas del futuro, que de ahí en adelante o estabas ahí o no estabas en nada, es decir no existías. Yo no era nuevo en el asunto, tenía una cuenta en algo que se llamaba Hi5, una aplicación que ahora suena primitiva, en donde empecé buscando cuates que habían estudiado conmigo en la escuela primaria y terminé recibiendo mensajes de señoras de cierta edad que me ofrecían mostrarme las tetas por solo US$50. Eran un montón y, supuestamente, vivían en Jutiapa, en San Miguel Petapa, en Mixco y les había llamado la atención la foto que me identificaba. Para cortar por lo sano, regresé al correo electrónico, en donde solo de vez en cuando aparecía una princesa árabe fugitiva, o algo así, que se había quedado varada en el aeropuerto de Londres y me ofrecía compartir conmigo su herencia millonaria, si yo le mandaba US$1,000 para salir del atolladero. Estuvo insistiendo con eso bastante rato y casi llegué a tomarle cariño. Lo único que sé de ella, además de su pertenencia a la realeza y su accidentado destino, es que su español era en verdad lamentable, nulo. Hoy me pregunto qué habrá sido de su vida, si habrá logrado salir al fin de su encierro en Heathrow; si alguien se apiadó de ella y le envió la plata; si se casó con algún refugiado tercermundista también atrapado en la terminal aérea; si Spielberg la habrá contactado para contar su historia en una película.

Pero lo que quería contar es cómo llegué a Facebook y cómo durante un tiempo fue un juego bastante chistoso. Uno pegaba en el muro una foto de perfil horrorosa y a los cinco minutos tenía 500 mensajes celebrando al tipo “interesante” en que se estaba convirtiendo. También pegabas fotos de tu mamá, de tus sobrinos, de cuando vos eras chiquito, del menú ejecutivo que te servían en el restaurante a la hora del almuerzo. Lo mejor era eso de tomar contacto con los amigos perdidos, y darte cuenta de que estaban como vos: panzones, pelones, jodidos y así ibas sintiéndote como más acompañado. En fin, entretenimiento puro que te hacía más amable el insomnio o las horas de trabajo. Hasta que llegó la guerra. Cómo un jueguito así de baboso se convirtió de pronto en un arma de destrucción masiva, en un aparato de espionaje y de control social, en una macabra feria de vanidades, en una tenebrosa máquina reproductora de desinformación y de ideologías basura.

“Cuando no puedas explicarte las cosas, sigue el dinero”, le aconsejaba Sherlock Holmes al Dr. Watson cada vez que se enfrentaban a lo indescifrable. Y en Facebook como en todo, el que tiene el dinero, tiene el poder. Todo ese odio, toda esa polarización, toda esa estupidez, toda esa necedad, toda esa ignorancia, toda esa vulgaridad que circula actualmente en las redes sociales ha sido en su mayoría financiada. La próxima batalla electoral ocurrirá en Internet y todos los involucrados ya han tomado posiciones. Será una guerra encarnizada, cuya víctima final será esa democracia que parece molestarle a todos. La expulsión de las ideas del campo político, la asfixia de la razón, el reino de la demagogia.

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