Martes 15 DE Octubre DE 2019
La Columna

Los cascarones de Elena

SOBREMESA

Fecha de publicación: 04-02-19
Por: María Elena Schlesinger

En tiempos de nuestros abuelos y los abuelos de estos, las festividades del Carnaval iniciaban un día después de la fiesta de Candelaria, el 2 de febrero, fecha que designaba el calendario católico para desarmar el nacimiento. Pastores, ovejas, camellos, rancherías, embreados y tarlatanas con sus cromos de ángeles cachetones iban derechito de vuelta a los cajones de madera, y al último cuarto de la casa o arribita de un armario, bien amarrados a un clavo por aquello de los temblores, porque chilín, chilín, todo caía al suelo y se convertía en añicos.

Con el cielo indeciso, entre nublado y soleado, y aires destemplados, llegaba el mes de febrero más corriendo que andando, con los cascarones de las fiestas alegres del Carnaval, y ese feliz preámbulo antes de entrar a la Cuaresma, para quienes llevaban esperando casi un año completo el anuncio de las procesiones.

Se arrancaba la primera hojita del calendario, con los días caducados de enero, y aparecían los cascarones. En las tiendas de barrio, los cascarones estaban a la vista del cliente, dentro de grandes botes panzones de vidrio transparente con tapadera destartalada, junto a las bolitas de miel, los quiebradientes con manía, las melcochas y cajetillas amarillas de chicles Adams de menta de a un centavo. En los mercados hacían su entrada triunfal en los puestos de las regatonas vendedoras de fruta, puestos en inmensos canastos de junco, codeándose con los melones, las sandías, las papayas y las piñas.

Antes, fabricar los cascarones era cosa de mujeres. “Para ayudarse con los gastos de la casa y lograr el estreno de la Semana Santa”, nos decía Elena, la señora que llegaba a la casa a entregar cascarones cada año en los primeros días de febrero.

Elena se sentaba en la gradita que separaba el zaguán del resto de la casa, y con el cajón repleto de cascarones, comenzaba el ritual de la cuenta por “manos”, según la chapinísima costumbre de contar las cosas de cinco en cinco.

Iba intercambiando cascarones del cajón ahumado de madera que había cargado a memeches desde Mixco a nuestro canasto, mientras relataba las andanzas de las cáscaras de huevo; de cómo con su hermana las comenzaban a reunir en el mes de marzo en las panaderías y ferias de su pueblo, recién pasadas las procesiones del año anterior. De las ingratas quemadas que les dejaba el agua hirviendo cuando limpiaban las cáscaras, y del agua con espuma de jabón de coche con que las lavaban con mucho cuidado para quitarles el tufito a yema podrida.

Todos oíamos encantados las historias de Elena, e imaginábamos los montones de cáscaras, muy blancas y redondas asoleándose dentro de enormes canastos de junco en el patio de las hortensias de su casa de Mixco. Era chaparrita y risueña, y lo que más me impresionaba eran sus pies descalzos muy anchos y planos, con uñas muy gruesas como garras de animal salvaje.

Elena y su hermana se sentaban en las noches de enero junto a la mesa que daba al poyo de la cocina, bajo la luz de una sola bombilla colgada del techo, a pintar las cáscaras. Llenaban los soperitos de peltre con añilinas de colores fuertes, azules, verdes, amarillos y pitahayas, y con los dedos decoraban las cáscaras con puntitos, haciendo flores, encajes y rayitas de colores, como los géneros de sus vestidos y delantales o los güipiles que había usado su abuela.

Al terminar de contar los cascarones y las historias, Elena se enrollaba en la espalda su tapado negro, y antes de cubrirse la boca con el filo de la tela del rebozo nos advertía con firmeza: “Cuidadito con estar quebrando cascarones después del martes de Carnaval, pues eso sí, es puro y legítimo pecado mortal”.