Miércoles 23 DE Octubre DE 2019
La Columna

Los calendarios

SOBREMESA

Fecha de publicación: 28-01-19
Por: María Elena Schlesinger

En los primeros días del mes de enero, esperábamos con ilusión la llegada de los nuevos calendarios de pared, obsequiados por los establecimientos comerciales allegados a la casa y a la familia por ser clientes constantes, como la abarrotería de don Esteban Luján, la farmacia Klee, la librería Pax y el Banco Crédito Hipotecario Nacional en donde mi padre tenía una cuenta de cheques.

Los calendarios eran muy útiles, pero también preciosos, según el entender de todos en casa, ya que además de las hojitas impresas con los meses, semanas, días, lunas y días de asueto impresos en rojo, tenían bellos cromos de paisajes y escenas de niños o animales muy tiernos, y se colgaban para decorar las habitaciones y estancias de la casa.

Recuerdo la llegada triunfal de los almanaques de la Panadería Las Victorias. A la hora de la refacción llegaba María Morales, encargada oficial de comprar el pan en la mañana y tarde, con la sorpresa de los dos calendarios dentro de la canasta de junto repleta de pan caliente. A un ladito del volcán de pan, junto a los franceses, las cortadas bañadas con azúcar, los molletes y las campechanas resaltaban los dos calendarios, perfectamente enrollados, como barquillos de piñata, amarrado con un pequeño hule beige. “Dice la señorita que le manda su calendario del año”, decía María a mi madre desde la puerta del comedor, entregándole el
calendario.

Entonces, en plena refacción de pan francés tostadito, relleno con frijoles volteados o simplemente con mantequilla San Luis, venía el coro ilusionado de “mamá abra el calendario, por favor, ábralo por favor”. Ella se cercioraba de tener las manos limpias, sin migas grasosas, y desenrollaba el calendario como quien extiende el acta de la independencia, mostrando el cromo que adornaban las hojitas del nuevo calendario: una escena de granja gringa, con una pequeña niña muy blanca y canche, peinada con una cola de macho muy estirada, vestida con pantalones vaqueros, camisa de cuadritos rojo y blanco y sombrero de paja, alimentando con unas zanahorias anaranjadas muy grandes al pony café con manchas blancas.

“¡Qué belleza!”, gritábamos todos, y una de mis hermanas lo pedía para adornar su dormitorio.

Era una regla sagrada, nadie podía abrirlo en el establecimiento, y menos decir “no me gustó, ¿me lo podría cambiar?” porque el empleado o dueño que estaba en la caja registradora se ponía furioso, porque a caballo regalado no se le ve el diente, por lo cual, todos felices, agradecidos y contentos con el regalo, aunque al abrirlo, sorprendiera un desolado paisaje de otoño, con chiriviscos pelones y muchísimas hojas tiradas en el suelo o una mujer en calzoneta color verde arveja, tacones negros y sonrisa pícara, que mi madre decomisaba porque según sus palabras “no eran pertinentes”.

“En gusto se rompen géneros”, afirmaba mi madre, que prefería los paisajes de cielo, lago y volcanes azules de los almacenes de pinturas El Volcán, y, mi padre, el más aburrido de todos, escogía para su oficina uno enorme sin cromo, con números muy grandes para chocos, que le llegaba con propio de Seguros y Fianzas Granai y Towson, grande, de buen papel, que cuando caducaba en diciembre, la cocinera utilizaba para forrar las gavetas de los muebles de la cocina.