Lunes 14 DE Octubre DE 2019
La Columna

“Soy apolítico y no creo en las ideologías”

EL BOBO DE LA CAJA

Fecha de publicación: 11-01-19
Por: Andrés Zepeda

 

 

A millones de terrícolas (no sólo guatemaltecos) les caería de perlas un cursillo básico de politología, empezando por entender y asumir el peso decisivo del axioma según el cual no hay vacíos en la política.

 

¿Qué significa eso? ¿Qué implicaciones prácticas y qué repercusiones concretas tiene, para la gente de a pie que no se entera de nada, el hecho de que la política no admita espacios vacíos? Aquí viene lo interesante:

 

Se dice que no hay vacíos en la política porque el lugar específico que cada uno de nosotros tiene para esgrimir su posición ante las circunstancias que conforman la realidad (ese espacio es lo que nos convierte en ciudadanos dotados de derechos y responsabilidades por precepto constitucional inalienable), si no lo hacemos valer con nuestra voz y nuestro voto, será utilizado por alguien más; y ese alguien más lo usará no necesariamente a nuestro favor, sino a favor suyo.

 

En otras palabras: si callo, si me desentiendo, si opto por desviar la mirada, si decido ignorar lo que ocurre ante mis narices, si elijo ir por la vida cruzado de brazos y encogido de hombros será alguien más, y no yo, quien tome las decisiones en mi nombre. Y eso es algo demasiado peligroso como para permitirlo así nomás, como si nada.

 

Otro detalle: esa voz y ese voto hay que hacerlo valer día a día, no sólo cada cuatro años. Fácil de entender, difícil de poner en práctica. Abundan las excusas: “Ay, qué pereza”. “No sé cómo hacerlo”. “Desconfío de todo y de todos”. “Soy apolítico”. “No creo en las ideologías”.

 

Considerarse apolítico y descreer de las ideologías es la excusa predilecta de quienes cobijan su ignorancia bajo el manto de la apatía y de quienes, en nombre de la moderación, reprimen su capacidad de incidir en sí mismos y en su entorno. El mundo no está para mediocres, pero –por desgracia– esos mediocres abundan.

 

Mucho más que los mediocres abundan los desahuciados: los que no tienen cabeza para otra cosa que la urgencia de sobrevivir. Los que no tienen dónde dormir ni cómo alimentar a su familia. Los que huyen de la amenaza y de la violencia. Son los que más necesitan empoderarse a través de la política… y a los que más difícil se les hace ejercerla.

 

No es casualidad, entonces, que quienes se regocijan ocupando los cargos de poder que otros dejan vacantes se muestren felices con que la sociedad esté repleta de pobres sin futuro y de autómatas despolitizados. Así no tienen competencia ni oposición, y pueden seguir depredando a sus anchas. Es lo que ocurre ahora mismo en Guatemala, y en otros países.

 

Y bueno, llegados a este punto habría que admitir que lo de no creer en las ideologías es una reacción comprensible a que los políticos, con tal de retener el poder que ostentan, son capaces de cambiar de bando como quien cambia de sombrero. El transfuguismo que exhiben los diputados del Congreso es la demostración más obscena de ello. ¿Cómo creerle a esa gentuza mezquina, oportunista y farsante? ¿Qué más da si se dicen de derecha o de izquierda?

 

Hoy, más que nunca, urge devolverle el sentido a las ideas y proyectos que alguna vez sirvieron de faro, y que en otros tiempos han sido no sólo horizonte en la lejanía sino posibilidad tangible. Hay luchas y conquistas que sólo es posible ganar uniendo esfuerzos. Lo que ocurre en el ruedo de la política nos afecta, y es posible incidir en ella. Bastaría con sacudirse la modorra y dignarse a participar.

 

Es eso, o permitir que otros sigan ocupando los espacios que estamos dejándonos arrebatar por inescrupulosos de la peor calaña.