Viernes 26 DE Abril DE 2019
La Columna

Cicigia (7)

buscando a syd

— Maurice Echeverría

Defiendo a la CICIG del señor Velásquez. Y es justamente porque la defiendo que la critico. Y si no la defendiese, la criticaría igual, y eso no tendría por qué ser ensombrado por sus seguidores más fanáticos, para quienes es más cómodo disolverse en la apología que asumir los claroscuros.

No tengo ningún interés económico en la CICIG ni extraigo de ahí rentas ciudadanas y políticas (lo digo porque la CICIG es como un tiburón que vive rodeado de pececitos mutualistas y parásitos). Si apoyé, y sigo apoyando, a CICIG, es por razones provisionales, pragmáticas y estratégicas.

Hay un ridículo y sentimental eslogan que dice: «Yo amo la CICIG». Nunca ha sido mi caso. De hecho me dan suficiente asco todas esas muestras de apoyo enmieladas y chorreantes. Tampoco es de ir por la vida como un polezni durak. Esos que patrocinan a la CICIG están patrocinando cosas muy feas en otros lados, y en estos seguramente también.

Sin embargo considero que era y sigue siendo importante que podamos afirmar la ley y el orden, sin los cuales no hay República, y la CICIG consolida una prótesis necesaria y realista, para un país invalido. En cualquier caso, ha resultado ser un poderoso catalizador y acelerador de nuestras más intensas pasiones y contradicciones públicas, políticas e ideológicas. Lo cual a mi modo de verlo es excelente.

No quita que mi apoyo sea prudente. La prudencia es extranecesaria, cuando consideramos que nadie en ningún país del mundo tiene un modelo exactamente igual al de CICIG. Eso quiere decir, para empezar, que no contamos con un sistema de referencias externas de ningún tipo, y que en estas discusiones estamos solos, aunque nos acompañen extranjeros. Lo cual me pone a pensar en la acrecentada responsabilidad que guardamos de sopesar y definir seriamente este proceso, para otros que decidan o no imitarlo.

Termino esta seguidilla de columnas sobre CICIG, que me llevó unos dos meses, diciendo que la CICIG es necesaria, mas no suficiente. El experimento CICIG ha traído resultados interesantes, pero no nos engañemos: no ha podido, ni podrá jamás, resolver el problema de fondo del país.

Y eso es porque, por su naturaleza, CICIG no puede hacer arquitectura cultural. No solo está limitada por la misma evidente corrupción, no solo está ceñida por nuestras taras institucionales y estructurales, sino además tiene que lidiar con las pugnas de metavalores que trasudan el país.

En ese sentido es que urge alguna clase de proyecto avanzado que pueda crear corredores de fluidez entre las distintas perspectivas estatales –con sus respectivas justicias– y derivar soluciones que honren la totalidad nacional.

Ninguna organización de derecha, izquierda o centro tiene actualmente lo que se requiere para crear este tipo de condiciones. Un proyecto así demandaría de una visión muy singular, y lo que yo he venido llamando “chamanes culturales”, para llevarse a cabo. De momento, estos no existen.

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