Domingo 20 DE Enero DE 2019
La Columna

La escopeta

SOBREMESA

— María Elena Schlesinger
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Mi padre guardaba en el armario de su dormitorio una escopeta que compró en los años del gobierno del presidente Jacobo Árbenz, cuando la situación política era tensa y confusa en Guatemala.

En la oscuridad de la noche, y con la ciudad en tinieblas por los frecuentes apagones de luz, se temía que supuestas fuerzas represivas pudieran entrar en las casas sin justificación para apresar a los opositores del régimen, para torturarlos y hacerlos hablar. Eran tiempos duros e inciertos, pues se rumoreaba que en Honduras se estaba gestando la contrarrevolución.

Mi padre compró una escopeta de caza de fabricación estadounidense en el Almacén Pistolón, por si las burucas callejeras se salían del guacal. Estaba convencido de que si llegaba el momento, la usaría para defender a su familia, aunque fuera a fuerza de perdigones; a mi madre, mi tía Lucita, dos hermanas mayores ya adolescentes, la pequeña María Marta y mi hermano Luis, quien para entonces se entretenía jugando avioncitos en las gradas.

De mes en mes, mi padre limpiaba la escopeta en el tejado de la casa. Ponía a asolear sobre las tejas su pequeño parque para que los cartuchos no se enmohecieran guardadas en las alturas del armario de luna de su dormitorio.

Nadie podía estar a su lado, ni siquiera cerca, así que nos espantaba como si fuéramos zanates. Entonces sacaba un pequeño adminículo con cabeza de algodón y otro más largo, como hisopo, y varios cepillitos de cerdas y otros, como los que utilizaba para limpiar la pipa; además del aceite en latita roja y blanca de Tres en uno con las que aceitaba cada una de las partes del mecanismo.

La desarmaba con paciencia de relojero e iba limpiando cada parte, atravesando los túneles, recobijos y agujeros con los cepillos. De vez en cuando, soplaba fuerte para quitarle el polvito, y de último lustraba la culata de madera con un trozo de franela de pijama vieja, hasta dejarla como espejo.

Después, la colocaba en su caja original de cartón, y como si se tratara de una reliquia de santo, la colocaba de nuevo en la parte más alta del armario, echándole tres llaves a la puerta para que a nadie se le ocurriera tocarla.

Nunca la disparó, y en una sola ocasión la sacó de su caja con otro propósito. Fue un mediodía de sábado, a principios de junio de 1953, meses antes de la renuncia del presidente Árbenz.

Estaban por servir el almuerzo, cuando mi madre entró a toda prisa a la oficina en donde mi padre afinaba unos trazos sobre un plano de aguas en un inmenso pliego de papel mantequilla. “Luis, Luis, apúrate, hay una tanqueta verde enfrente de la casa y nos está apuntando. Apúrate, por favor”. Continuará.

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