Sábado 19 DE Enero DE 2019
La Columna

Detrás de la cortina IV

follarismos

— Raúl de la Horra
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Para empezar el año, termino estos cuatro artículos sobre mis seis años de vida en la antigua Alemania Oriental, haciendo un compendio de algunas enseñanzas que podrían servirnos. Primero que nada, subrayo que lo mejor es la experiencia directa para hacerse una idea real sobre lo que eran y son los países llamados socialistas que, vistos desde afuera, y haciendo total abstracción de sus grandes diferencias, siguen siendo demonizados por las ideologías troglodíticas y totalitarias de “occidente”, tal y como las religiones monoteístas lo hacen contra todo lo que no encaja en sus dogmas y en su concepción del mundo. La verdad es que es una señal inconfundible de estupidez mental y de pobreza emocional desenvainar la pistola cada vez que se menciona la palabra “socialista”, como también cada vez que se pronuncia la palabra “capitalista”. El capitalismo como sistema económico trajo y trae beneficios liberadores para una parte de la humanidad que, sin un contrapeso de medidas de tipo socialista, acabará destruyendo el planeta y, con él, a todas las futuras generaciones. Y los sistemas socialistas, si no permiten un margen de libertad de empresa y de juego de los mercados, terminarán –como la Historia lo ha demostrado– impidiendo la evolución y la eficacia del sistema, condenando así a las futuras generaciones a la asfixia y a la contrarrevolución.

Celebré la caída del Muro de Berlín un jueves 9 de noviembre de 1989 casi frente a mis narices en la Seydelstrasse, no lejos del famoso Checkpoint-Charlie, el paso más conocido entre Berlín Oriental y Berlín Occidental. Tenía la convicción de que eso se produciría algún día, pero no imaginé que llegaría a verlo. Había tenido frecuentes y acaloradas conversaciones con altos cuadros de la Stasi ligados a la Universidad, que ni veían ni querían entender el malestar cada vez más grande de buena parte de la población que se sentía ahogada y burlada, y que aspiraba a democratizar el sistema. Como sucede en Guatemala y en nuestros países políticamente atrasados, el régimen vivía en la estratósfera, gargarizándose con propaganda y declaraciones grandilocuentes que les impedía a los responsables y cómplices tomar conciencia del desmoronamiento del país y del sistema, sobre todo desde que Gorbachov había inaugurado una política de transparencia y aflojado las riendas represivas en lo que todavía era la Unión Soviética.

Dos constataciones. La primera, en cuanto a la ceguera del Poder, el cual, ya se sabe, como el ojo, no puede verse a sí mismo. El poder obnubila, y el poder absoluto… Cualquier intento de un Estado que pretenda instalar una única visión de la realidad –lo que equivaldría a fundar una religión– sin posibilidad de que ésta sea cuestionada, discutida, y eventualmente cambiada, a la larga, está abocado al fracaso. La segunda constatación se refiere a la extinción del Poder. No puede lograrse de verdad y en profundidad, si no hay involucrada una gran masa crítica de gente, de organizaciones y de instancias de la sociedad civil, que salgan a la calle SISTEMÁTICAMENTE a desafiar dicho poder, cuando es el único recurso que hay para expresar sus reivindicaciones. El régimen esclerosado de la RDA no pudo contra diez o doce semanas ininterrumpidas de manifestaciones pacíficas populares cada lunes, con no menos de cien mil personas en cada manifestación, dispuestas a dejar la vida si era necesario. Eso, no hay prácticamente poder político que lo aguante. Al final, no fue necesario quemar o romper nada, ni pegarle a nadie, la determinación de buena parte de los ciudadanos de hacer valer su desacuerdo con el régimen político, bastó. Aunque, tampoco podemos generalizar o absolutizar tal conclusión, pues cada país y circunstancia son distintos. ¡Y bueno, les deseo a todos un año pleno de aprendizajes!

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