Viernes 26 DE Abril DE 2019
La Columna

Si alguien me habla de Joviel Acevedo

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com

En julio del 2013 expresé públicamente mis deseos de conocer a Joviel Acevedo y aprovechar el liderazgo que ejerce entre los maestros para hacerle algunas sugerencias relacionadas con el calamitoso modelo educativo aplicado en Guatemala, y la posibilidad de transformar el magisterio nacional fortaleciendo capacidades y redefiniendo funciones. Uno de sus secretarios se tomó en serio mi exhortativa y a los pocos días propiciamos el primer encuentro.

 

Joviel y yo nos vimos dos veces. Su atención parecía centrada en la coyuntura inmediata y el cálculo frío de los medios necesarios para no perder la próxima batalla. Era el segundo año del gobierno Patriota.

 

Intenté colarme en el torbellino de su discurso e insertar las ideas que tenía para ofrecerle. Las agradeció secamente, sin mucho entusiasmo. No hallé visos de sensibilidad ante la colección de patrañas que aprenden los niños en escuelas e institutos. No vi vocación alguna por la docencia. Vi a un soldado dirigiendo a un ejército.

 

La vida, la realidad, las circunstancias –pensé entonces, y sigo pensándolo ahora– hicieron de él alguien más cercano al pragmatismo de los logros concretos que a la mística de los nobles ideales. No siempre fue esa la mentalidad a lo interno de los sindicatos en Guatemala, y es interesante entender qué pasó, por qué cambiaron las cosas, en qué momento se extinguieron los faros que guiaban los anhelos de antes. Esto es lo que he logrado averiguar al respecto:

 

Hubo tiempos en que el movimiento sindical fue cantera de grandes figuras y surtidor de cambios sociales importantes no sólo en Guatemala sino en otras partes del mundo. A los sindicatos les debemos la jornada laboral de ocho horas, la pensión por desempleo, las vacaciones pagadas, el goce de aguinaldo, el tiempo de retiro por maternidad, la indemnización por causa de despido y el sueldo por jubilación. Logros, todos ellos, obtenidos desde convicciones socialistas y en pugna abierta con los dueños del capital.

 

Pero resulta que ser socialista fue un estigma malévolo en nuestro país. Recordemos que a partir de 1954, tras el golpe de Estado que la ultraderecha cerril y montuna le dio a Guatemala (con la plena conciencia, el beneplácito y el financiamiento de la CIA), el pensamiento de izquierda empezó a ser sistemáticamente reprimido. El Partido Guatemalteco del Trabajo, reservorio de intelectuales comunistas y bastión político del recién dimitido coronel Árbenz, fue proscrito por ley. Prohibieron también, en todo el territorio nacional, el derecho a algo tan socorrido y básico como la práctica de congregarse.

 

Hubo disidentes que optaron entonces por resistir y conspirar desde la clandestinidad. Otros, más radicales, siguieron el camino de las armas. Pero no la tuvieron fácil. El asedio recetado por las sucesivas dictaduras militares aumentó año con año. Sólo en 1980 fueron “desaparecidos” veinte altos mandos de la Central Nacional de Trabajadores, y otras treinta personas fueron secuestradas durante la marcha del primero de mayo.

 

“Torturados y eliminados sus más ilustres representantes, no debería extrañarnos que lo que quede al día de hoy sea esa marabunta espuria y despolitizada que sólo de milagro trasciende a veces el mero parasitismo basado en placebos inmediatos y oscuras transas”, escribí aquella vez, en el 2013; y lo reitero.

 

Así pasa factura nuestra herencia de impunidad, de connivencia y de silencio calado a sangre y fuego.

 

( Continuará ).

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