Domingo 21 DE Abril DE 2019
La Columna

Adiós a un año negro y con granizo

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com

El 2018 arrancó en mi caso dos días antes, a punto de volver de un viaje de despedida por el norte etíope tras vivir en ese país durante poco más de tres años. Las navidades las había pasado acampando con mi esposa a alturas mayores que las del Tajumulco, en las montañas Simien, a casi 5 mil metros sobre el nivel del mar. De bajada visitamos los castillos de Gondar y el lago Tana, surtidor y punto de partida del Nilo Azul. Nuestra última escala fueron las monumentales iglesias talladas en piedra de Lalibela, un impresionante conjunto de monolitos en bajorrelieve excavados hasta quince metros por debajo de la superficie. Ahí empezó la mala racha. Fue el 30 de diciembre.

 

“No saltés”, me previno varias veces Virginia. Por supuesto, ignoré su consejo. Me sacaron cargado de ahí, con los meniscos y ligamentos rotos y la rótula fracturada. No hay en Etiopía, entre más de cien millones de habitantes, nadie capaz de lidiar con accidentes de ese tipo. Tuve que ser evacuado de emergencia. Menos mal me cubre un seguro de a de veras. No como el IGSS.

 

La cirugía se hizo en un hospital público de Limburgo, Bélgica. Operó un especialista de primerísimo nivel y eso me tiene hoy casi totalmente repuesto, aunque todavía débil. Lejos estaba de imaginar lo lento y doloroso que es recuperarse de lesiones en la rodilla. Lo más difícil fueron las primeras cinco semanas: aun con narcóticos potentes el dolor apenas me dejaba conciliar el sueño. Necesitaba ayuda hasta para ir a cagar. A falta de movilidad, el cuerpo entero se me atrofió como nunca antes. Era una bolsa amorfa y blanda. Subí veinte libras de peso.

 

Pasé dos meses y medio de invierno boreal en casa de mis suegros ( ¡yupi! ). Tuve tiempo para cavilar con desasosiego sobre la fragilidad humana y la finitud de la existencia. Altas dosis de cerveza de abadía y chocolate negro me salvaron de perder la cordura. Eso, y un mozote de cannabis que el ángel de la guardia hizo llegar a mis manos.

 

Titubeante y cojo volví a África dizque a ayudar a mi esposa con la mudanza. Fueron jornadas frenéticas, extenuantes, devastadoras: no es fácil rematar pertenencias, empacar bártulos, gestionar trámites, finiquitar cuentas, honrar afectos, despedirse de tantos buenos amigos; máxime si la partida es sin retorno, intuyendo que nunca más los volverás a ver. Aclaro aquí que fue ella, no yo, quien llevó la peor parte en ese duro trance.

 

Desde mediados de abril vivo otra vez en el trópico latinoamericano, no muy lejos de tierras chapinas. Entonces la adversidad se ensañó con mis dos padres, dejándolos a ambos debilitados y maltrechos. Ahí siguen todavía, resistiendo como pueden, haciendo de tripas corazón, plantándole cara a la sombra de la muerte.

 

Y hablando de la muerte… Pues, eso. En el transcurso fatídico de la misma semana que por poco se lleva a la tumba a mi viejo, Eduardo Spiegeler, entrañable amigo y colega, dejó de existir del modo más grotesco, más absurdo, en la convulsa Nicaragua. Apenas tuve tiempo de rumiar el duelo.

 

Siguió el asedio. Continuaron los reveses. Jon Dunn, padre putativo para mí, además de mentor y cómplice, falleció tras una larga enfermedad el mismo día que volvía yo a Guatemala a reencontrarme con la familia. Tenía pensado –y hubiera querido– pasar a verlo, darle un beso en la frente, mirarlo una última vez a los ojos, decirle adiós. No pude. Estaba muy mal ya.

 

El sopapo más reciente lo recibí visitando al mecánico que se hacía cargo de mi pichirilo. Teníamos cuatro años de no cruzar palabra, tras mi partida a otros mundos. Lo encontré en silla de ruedas, amputado de una pierna.

 

“Un marido celoso”, me explicó guiñándome el ojo. Reímos los dos, por no llorar.

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