Miércoles 12 DE Diciembre DE 2018
La Columna

Cicigia (2)

buscando a syd

— Maurice Echeverría
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Críticas llovieron. Por ejemplo que la CICIG se había politizado. Y en efecto no se puede luchar contra la corrupción sin eso, sin ser una entidad política. El ruedo aquí, evidentemente, es el poder. Pasa que los corruptos quieren una CICIG domesticada, que no juegue al ajedrez.

Otra crítica, que guarda relación con la primera, es que la CICIG no ha sido ecuánime. Defendiéndose, los apologistas de la Comisión reclaman que existen casos de personas –que no se considerarían, bajo el axioma de la justicia selectiva, material predilecto de CICIG– que terminaron con un par de fiscales en su puerta. Más allá de esto, quisiera señalar que esa llamada ecuanimidad jurídica e ideológica que tanto se reclama es ya de sí una agenda ideológica y jurídica, y una que está además al servicio de los peores intereses, vehiculada por un sector y unos personajes que se llenan la boca hablando de neutralidad pero que son los primeros en echarla por la borda cuando el río no corre a su favor y ya de mucho antes.

Otra cosa que se vive diciendo es que la CICIG se extralimita en sus funciones y así pretenden reducir el territorio de acción de CICIG. Pero el territorio de acción de CICIG es apenas reducible, dado que la corrupción es ubicua e infiltra el Estado entero.

La cuarta crítica es que la CICIG no ha conseguido nada. Lo cual ya me parece directamente mezquino o negacional. Resultados hay, vamos. Sin contar que la gestión actual de CICIG cambió por completo la conversación pública, y con ello nos pusimos a repensar intensamente nuestro set de reglas administrativas e intersociales. No es poca cosa.

Una quinta crítica es que la corrupción no ha descendido y que de hecho es mayor ahora que antes. A lo cual se puede responder que lo que en verdad ha aumentado es la percepción de la corrupción: no somos más corruptos que hace unos años, particularmente, solo es que la corrupción es más obvia, lo cual es a todas luces bueno. Después de todo, ¿cómo podríamos mitigar la corrupción si desconocemos que está ahí, y en qué medida? Quiere decir esto que la CICIG ha hecho bien el trabajo de evidenciar esa corrupción. Pero no nos engañemos: es a nosotros a quienes nos corresponde erradicarla. Por supuesto, al evidenciar la corrupción, ha ocurrido un fenómeno inevitable: la corrupción se ha condensado y ha contraatacado. Es en tal sentido que podemos decir que la corrupción ha ido en aumento.

Si un asunto rompió la entente en torno a la CICIG fue el de la presunción de inocencia (que, junto a la crítica de la soberanía nacional, que veremos en la próxima columna, constituye una de las críticas más neurálgicas que figuran en torno a la Comisión). Ese tema, el de la presunción de inocencia, es necesario y delicado, de acuerdo, pero en lo personal siento que está muy manoseado, y sobre todo repetido, en el sentido goebbeliano de la palabra. La pregunta menos ingenua de todas, a mi juicio, sigue siendo: ¿qué sucede cuando se pretende sublimar la impunidad a través de la presunción de inocencia?

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