Lunes 10 DE Diciembre DE 2018
La Columna

Colibrí gigante

Viaje al centro de los libros.

— Méndez Vides
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La antología de poesía guatemalteca El quetzal, colibrí gigante, es una ambiciosa selección de autor, porque no se trata de un compendio arqueológico de nombres sino una cuidadosa construcción a partir de la lectura de la poesía nacional, desde el punto de vista de un poeta cuidadoso, Enrique Noriega, quien al elegir cada texto expresó su visión estética.

El libro fue bellamente publicado por la Editora Nacional de Santo Domingo, República Dominicana, para su feria del libro, que este año estuvo dedicada a nuestra literatura, y esperamos próximamente se publique en el país para llegar a nuestros lectores, y ojalá se distribuyera en las bibliotecas escolares, para que los maestros y alumnos pudieran tener al alcance esta amplia referencia del trayecto que han tenido nuestras letras.

La antología está ordenada en cuatro secciones. Empezando por la poesía maya prehispánica (un fragmento de la traducción de Sam Colop del Popol-Vuh) o escrita durante los años de la Conquista (fragmento de la prosa del Memorial de Sololá, traducción de Adrián Recinos) y de la Colonia (cantares de Dzitbalché, del siglo XVIII, atribuidos a Ah Bam, en traducción de Alfredo Barrera: “No habrás de / regresar aquí sobre / la tierra bajo el plumaje / del pequeño colibrí…”).

La segunda parte reúne lo destacado en el período de la Colonia en idioma español, que destaca los sonetos de Liévana y Salazar, y la traducción del latín de Faustino Chamorro del Salve de Rafael Landívar, así como varios fragmentos sobre la Naturaleza, que nos traen la memoria de las Geórgicas de Virgilio. Realidad que nos demuestra que antes de la vida independiente, nuestra literatura requiere ser traducida, tanto de los idiomas originarios o de una lengua muerta que evoca ritos e incienso. Y añadió una muestra de las odas de Simón Bergaño y Villegas, y un fragmento de La Vacuna, que contiene aquella evocación: “yo procuro / Claridad, porque siempre he deseado / Ser más bien entendido, que alabado”.

La tercera parte ya remite a los autores de la independencia, correspondientes al siglo XIX, de Antonio José de Irisarri a Ismael Cerna, pasando por el momento cumbre de José Batres Montúfar, escoltado por los Diéguez Olaverri y Pepita García Granados.

Y la cuarta parte incluye a los autores del siglo XX y hasta la actualidad, que conforma las tres cuartas partes del volumen y exponen nuestra identidad.

La selección de Noriega es filuda, porque escogió la ternura de Rafael Arévalo Martínez, la evolución de clásico a la tormenta tropical de Miguel Ángel Asturias, el destino de Luis Cardoza y Aragón orientado hacia don Luis de Góngora y la soledad. De Hernández Cobos eligió un fragmento de El resucitado (que quizá algún universitario enfrente en su tesis al Lázaro de Cardoza y Aragón). Y de César Brañas eligió el fragmento más hermoso de Viento negro, el de “he perdido mi país de nubes”, y luego vienen los nocturnos de Francisco Méndez y el soneto con aquel primer terceto clásico: “Me amó sin duda, pero no me quiso / porque tenía el corazón tan tierno / que al dejarlo en mis manos se deshizo”. Y se extendió intencionalmente en la selección de la poesía breve de Carlos Illescas, a quien admira particularmente el autor de la antología, porque son las “palabras del obsceno”, su maestro. Y sigue un largo entretejido de obra de Antonio Brañas, José Luis Villatoro, Luis Alfredo Arango y Manuel José Arce, y un amplio recorrido por autores más recientes, de quienes seleccionó cuidadosamente lo que le habla a él, de allí lo interesante de entender que esta antología, además de dejar huella de los otros, expresa el punto de vista y la sensibilidad de Enrique Noriega.

 

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