Miércoles 12 DE Diciembre DE 2018
La Columna

Balzac puro y duro

Lado b

— Luis Aceituno
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Muchas veces he dicho que lo único que podría salvar a la literatura guatemalteca en este siglo que avanza, es que de repente nos apareciera un Honoré de Balzac. Es una ironía, por supuesto, una de esas frases que uno se inventa para parecer chistoso, letrado y además inteligente. Pero, por otra parte, quién si no Balzac podría relatar en toda su complejidad y su crudeza este delirio nacional, este derrumbe, en el que nos introducimos día a día. Lo pensé el pasado domingo por la noche, mientras entrevistaban en la tele a uno de los hijos de Álvaro Arzú. El mismo que quiere lanzarse a la presidencia de la República para crear una nueva política que nos lleve hacia el futuro (o algo así le entendí). Su mayor capital en esta empresa (iba a escribir negocio), supongo, es que es hijo de su padre y que desempeñó, durante este gobierno, un misterioso y absurdo cargo de “embajador” en Sudamérica sin cobrar un centavo. Parece que se dedicaba a hacer lobby comercial a favor del país con los presidentes del área, con resultados tan oscuros como su nombramiento. Pero lo cierto, es que ahora quiere ser el rostro de una joven generación que quiere cambiarle el rostro a Guatemala, hacerle un lifting como se le llama.

Balzac no era un radical, sino más bien un reaccionario a ratos rabioso, proveniente de una familia burguesa con delirios aristocráticos. Sin embargo, retrató como nadie las contradicciones más profundas de una clase dominante en plena decadencia. Una de sus enseñanzas más amargas es que los jóvenes, por lo general, resultan más mañosos que los viejos. Corregidos y aumentados, se decía antes. Al traste con esa idea sublime del romanticismo de que las nuevas generaciones estaban dispuestas al sacrificio para salvar las ideas que redimen a los hombres. Si bien el escritor nació en Francia en 1799 y murió en 1850, si uno vuelve a sumergirse en las novelas que construyeron su “Comedia humana”, comprende que muy bien hubiera podido nacer en Guatemala en las postrimerías del pasado milenio, sin perder un ápice de su rabia. En principio contra los de su propia especie, aunque en sus obras nadie sale bien parado, ni los ricos ni los pobres, ni los jóvenes ni los viejos, ni los hombres ni las mujeres. Es un mundo canalla, enfermo, sin salvación a la vista. Más tarde vinieron las guerras y los exterminios, y la crueldad se manifestó en todas sus formas. Eso ya no lo vio él en su magnitud extrema. Nosotros sí, aunque nos falten sus ojos, o más bien su inteligencia para procesar lo que estamos viendo.

El problema con los jóvenes de hoy, o con los que dicen serlo, es que reivindican con inquietante orgullo una herencia política de la peor especie, fundamentada en los muertos, las corrupciones, el clasismo más vil, el racismo (Balzac puro y duro). No hay voluntad de cambio, es decir, de mandar todo eso al carajo para construir una sociedad más humana y digna. Lo nuevo radica en quitarse o cambiarse la chaqueta, en pasar de las relucientes botas del cacique a los tenis de marca. Todos quieren, por cierto, un mundo nuevo, con aire acondicionado, por aquello del calentamiento global, con Internet de banda ancha y bares y restaurantes de lujo, siempre y cuando los deslices de la modernidad no amenacen sus herencias y privilegios.

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