Lunes 10 DE Diciembre DE 2018
La Columna

Cicigia (1)

buscando a syd

— Maurice Echeverría
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¿Cuántos posts sobre la CICIG he escrito? Tienen que ser muchos. Podría juntar todo eso y hacer un libro.

O, en su defecto, una seguidilla de columnas… Y es exactamente lo que pretendo hacer.

Así pues, en las próximas entregas construiré un repaso personal de esta institución, que está como debilitada, se diría, con todo y Nobel alternativo. Al punto que hoy tiendo a hablar de la CICIG en pasado. No es que me encante: si la última CICIG es del todo disuelta, nuestra lógica memética sufrirá mayor decadencia.

Todo es explicable en términos de la segunda ley de la termodinámica: el fenómeno Iván Velásquez vino a agregar calor a la metanoia colectiva, pero ahora parece vivir un proceso irreversible de muerte térmica e incoherencia molecular, en este sistema cerrado (soberano, dirían los reaccionarios) llamado Guatemala.

Ahora que lo pienso, qué rápido, qué fácil fue sacar a la CICIG de la conversación pública. No cabe duda que somos un pueblo de invertebrados que se adaptan a cualquier cosa que le pongan enfrente.

Y sin embargo en su momento la CICIG logró aglutinar un brazo civil formal a un tiempo que se constituyó como brazo público de los poderes civiles.

Bien recordamos los llamado jueves de CICIG. Esos dos cerbataneros, MP y CICIG, nos traían semana a semana nuevos desarrollos y los presentaban en solidas conferencias de prensa. Es cierto que se podían poner un poco técnico-áridas (quizá los conferenciantes tendrían que haber leído unos quince minutos de Shakespeare antes de darlas). Como escribí alguna vez: eran en el fondo excitantes, pero en la forma difícilmente podrían ser más tediosas. No ayudaban las propiedades narcolépticas de un Iván Velásquez.

De todos modos se apreciaban porque eran muy formales. Contra la vulgaridad mediática del Gobierno, la elegancia institucional del eje MP/CICIG, a quien le funcionó muy bien un cierto, no diré histrionismo, pero sí encuadre mediático, acompañado de un notable trabajo de lobbying.

Hubiéramos querido que ese lobbying diese mejores resultados, por ejemplo a nivel internacional, aunque por otro lado los resultados que obtuvieron no fueron para nada escasos, sobre todo en la comunidad europea.

En cuanto a los Estados Unidos, y para su mala suerte, a CICIG le tocó Trump y un Embajador que enfrió lo suficiente el romance inicial. Es un poco tonto, por demás: la CICIG era la única esperanza sensata que tenía Estados Unidos de no ser colonizado completamente por las hormigas. Puesto de otro modo: si hay un muro es la CICIG. La CICIG es el muro razonable que Trump no construirá jamás, porque todos esos negocios que se jacta de haber cerrado no lo convirtieron en un genio de la geoestrategia.

Entiendo y no se me escapa que la CICIG es el resultante del viejo y viciado juego de reglas globales. Aun así anticipa una conversación planetaria que va a reventar más pronto que tarde.

En fin, en las próximas columnas escribiré de la CICIG. Así como lo hice hoy a favor también lo haré en contra.

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