Viernes 14 DE Diciembre DE 2018
La Columna

La presa

Viaje al centro de los libros

— Méndez Vides
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La novela corta La presa, primera de Kenzaburo Oé (1935), es una miniatura cargada de emoción y fuertes impresiones. En 1958 ganó el premio Akutagawa, iniciando así una carrera prodigiosa. Su lectura amerita pausas, paladear el pensamiento que va desplegando en medio de los sucesos que componen la trama, y varias relecturas.

La obra nos sitúa en tiempos de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico, en una aldea distante, aislada y brumosa: “para nosotros la guerra solo significaba la ausencia de los hombres jóvenes de la aldea y, de vez en cuando, la entrega por el cartero de un comunicado oficial anunciando una muerte en el campo de batalla”. Un avión norteamericano se estrella en las montañas próximas, y los niños acuden siguiendo a los adultos a presenciar el percance, con los ojos abiertos por la sorpresa de encontrar vivo al piloto, un inmenso americano enemigo negro a quien hacen su prisionero. Lo conducen al pueblo y lo vigilan como a tesoro extraño. Los niños disfrutan contemplando al hombre herido, como fiera enjaulada. Admiran su cuerpo, musculatura, color de la piel, el sexo visible, y están atentos a sus movimientos y reacciones. Se empeñan en cuidarlo, alimentarlo, hasta que creen que ya lo tienen amaestrado. Entonces lo sueltan y lo llevan con ellos a participar en los juegos  comunales. Lo convierten en mascota.

La obra expresa la nostalgia por el tiempo anterior a la derrota, cuando la cultura japonesa se conservaba pura e intacta. Cuando aún no existía la idea de derrota para el Imperio del Sol Naciente. Antes de la americanización contaminante.

La metáfora de la condición humana en pueblo chico se agiganta. Los japoneses aparecen recios ante el deber y la palabra empeñada se cumple sin vacilar. La novela logra captar la atención y conmueve con el sentido del honor, y anuncia su posterior obra maestra Una cuestión personal (1964) que lo hizo acreedor al Premio Nobel treinta años más tarde.

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