Domingo 24 DE Marzo DE 2019
La Columna

American Dream

Lado b

— Luis Aceituno
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Hace unos años, en Chicago, Edgar y Tito –dos amigos que recuerdo con muchísimo cariño– me llevaron a desayunar a una panquequería frecuentada las mañanas de los sábados por la comunidad latina de la ciudad. Una especie de ritual simbólico y punto de encuentro para las familias migrantes, que disfrutaban en un ambiente muy relajado de un menú típicamente estadounidense: huevos revueltos con tocino y jamón, pan tostado, café y, por supuesto, panqueques. Aun si los acentos se confundían y diluían, en los regaños de los padres hacia los hijos predominaba el español centroamericano, con muchos modismos que se recalcaban con fuerza y una que otra palabra dicha en un inglés, llamémosle tropical. Es decir, uno se sentía un poco en casa y con ganas de iniciar una conversación con cualquier desconocido para absorber todas esas historias que constituyen una buena parte de la historia general de nuestros países en las últimas décadas. Era gente de la clase trabajadora, muy sencilla como se dice, que había logrado llegar y asentarse en un lugar que bien que mal les ofrecía una manera honrada de ganarse la vida, pan y escuela para sus hijos, una casa… y que lo celebraban así: comiendo panqueques los sábados por la mañana.

El lugar parecía detenido en los años setenta, y ese en realidad era su encanto, como restaurante de película de carretera protagonizada por Burt Reynolds. Pero más que su estilo rabiosamente gringo, lo que llamó mi atención fue el tamaño de las porciones de comida que se servían. Los huevos y el tocino se pedían por libra y los panqueques por docena y todo se aderezaba con cantidades casi industriales de kétchup, jalea de fresa, helado, miel de maple. Jodido por el colesterol, los triglicéridos y el azúcar alta, me sentí un poco aparte y tentado a pedir té con tostadas, pero no quise arruinarles la celebración a mis cuates, el gusto de ofrecerme la comida con todo el cariño del mundo. Estábamos aún en la tierra de la abundancia y la desmesura, en el corazón del sueño americano.

Y de eso quería hablar precisamente, del american dream, pero cuando lo pensé, se me vino por alguna razón la anécdota a la cabeza. Quizás porque en ese momento vi en la tele a una niña de la caravana de migrantes demasiado bella, demasiado desamparada, demasiado aferrada a un pedazo de galleta que se llevaba a la boca, demasiado lejos de celebrar la vida común y corriente con un rimero de panqueques. Yo no sé si esa niña, sus padres, sus hermanos, sus vecinos andan a la búsqueda del sueño americano, como remarcan melodramáticas las presentadoras de los telediarios. Más bien los veo –nos veo– a todos huyendo de la pesadilla y la pesadilla aquí y en todas partes es el hambre. Y el hambre, lo sabemos, no tiene ideología, ni religión, ni posición política. El hambre es un vacío que te ataca en lo más hondo y que no te deja pensar, que se convierte en dolor, en ansiedad, en desesperación, en violencia. Quizás no es la fe, sino el hambre el que nos hace capaces de mover montañas, de derribar puertas y muros, de huir para cambiar la realidad y cambiar la vida.

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