Lunes 22 DE Abril DE 2019
La Columna

Jaula de marfil

SOBREMESA

— María Elena Schlesinger

No recuerdo cuándo comencé a compadecer a los canarios, a pesar que los más de diez que habitaban en casa gozaban del mimo y cuidado de Angelita, una hermana terciaria franciscana, eternamente señorita, cuyo único oficio era el de atenderlos.

“Ustedes son pequeñas criaturas indefensas del Señor”, solía repetirles como si las aves comprendieran, murmurándolo en quedito, mientras lavaba con agua fresca de la pila, los recipientes del alpiste de las jaulas manchados con el excremento pastoso verde blanquecino de las aves.

Temprano en la mañana, la encontraba en la cocina limpiando las jaulas. Ángela flaca como paleta de palo, desteñida y tenía una trenza rala, larga cola de ratón color grisáceo que le llegaba casi a la cintura. Guardaba su vestido con un delantal de cuadritos y usaba zapatos negros amarados de monja carmelita que compraba una vez al año en la tienda de Calzado Cobán.

Cuando pasaba a su lado, escuchaba que hablaba solita y por las mañanas, con la prisa, le daba un buenos días acelerado y desentendido, sin verla a los ojos, cuando recogía el pichel de leche hirviente, la jarrillita de vidrio de la esencia del café y la canasta del pan de manteca del desayuno. Nunca me interesó descifrar si la conversación mañanera que mantenía la mujer con las aves, un monólogo con palabras masticadas que más parecía conmiseración o lamento por los animales, por estar allí, en jaula de oro, pero al final de cuentas en el encierro.

Otras veces, la encontraba cantando alabanzas católicas “estoy pensando en Dios, estoy pensando en su amor..” e iba colocando dentro de las jaulas los platitos de tapadera de compota Gerber repletas con yemas de huevo duro para que a los canarios no les faltara el calcio, se les cayera el pico o perdieran el color.

Angelita llegó a la casa una tarde a visitar a la cocinera, compañera suya de andanzas, otra hermana franciscana de la orden terciaria de la iglesia de San Francisco. Pasó por la salita y le pidió permiso a mi madre de entrar a la cocina, “con permiso, doña Mariíta”, sin atreverse a rebasar el cuadrante de la habitación en donde se encontraba mi madre, y traspasando la puerta giratoria que dividía el primer patio con el del servicio, se instaló en la casa hasta su muerte, cuando salió encajonada en un ataúd de tonos violetas por las escalinatas principales de la casa.

Ángela se movía por los corredores como alma en pena. Sin hacer ruido, con su pequeña cubetilla de plástico amarilla repleta de abasto para los canarios. Hablándoles, revisando sus uñas o que tuvieran agua, ramitas de jilipliegues fresco o defendiéndolos de los niños, quienes los asustaban metiéndoles el dedo por el enrejado, porque.. “¿quién los manda tocarles las plumas de la cabeza o las más grande de la cola?”.

Los regañaba, “ustedes solo son buenos para molestar”, “no miran que todos somos criaturas del Señor” y los espantaba como se espantan a los zanates o a las moscas.

En su pequeña habitación de piso de cemento rojo y paredes de madera tenía colgado un cromo grande de San Francisco de Asís rodeado de pajarillos, ardillas y conejos blancos, y a los pies del Santo, como gatitos mansos, un león, un tigre y un venado. “Como he notado que a usted le gustan mucho los animales, Angelita”, le dije un sábado “¿no le gustaría visitar el zoológico”.

Se persigno dos veces, miró al cielo, y con vos fuerte, maldijo las jaulas y los encierros mientras una diatriba de pequeños insultos color negro, me caían del cielo.

Que las criaturas habían nacido libres y que aquellos lugares eran la esencia del pecado. “Pecado, como lo son estas jaulas que encierran a estos canarios”, mientras las aves daban brinquitos tontos e inútiles dentro de su casita de marfil.

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