Lunes 9 DE Diciembre DE 2019
La Columna

¿A las puertas de un Estado fascista?

EL BOBO DE LA CAJA

Fecha de publicación: 19-10-18
Por: Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com

 

Ofrecí a mis lectores llevarlos de paseo por algunos de los países y lugares que he visitado de cuatro años para acá; y hoy, al no cumplir, intentaré redimirme dándoles un colazo no a través del espacio sino –aunque sea– a través del tiempo.

 

Antes, una advertencia: de los fascistas hay que cuidarse porque un día limitan equis libertad, al día siguiente restringen otra, después otra, luego otra, y otra más; y al cabo del tiempo, sin advertirlo, resultamos todos atados de pies, manos, culo, pene, vagina y boca.

 

Todos digo, menos la rosca que ejerce el poder y decide por el resto lo que sí y lo que no. Les encanta usar la guadaña a esos cerotes, los fascistas; y esa guadaña se llama censura. Su mente es tan chata y su corazón tan pusilánime que, en vez de enfocarse en resolver los problemas que tienen delante, lo que hacen es limitarse a silenciar sus síntomas. Así son de mulas.

 

Bien. Aquí el viaje al pasado: en diciembre de 1997 logré por fin soltar amarres con la Universidad Disneylandívar mediante una tesis que acredita a este bobo como licenciado en ciencias de la comunicación. (La comunicación no es una ciencia, sino una técnica; pero esa es materia para otro texto).

 

La tesis versaba sobre la censura en el cine y ¿adivinen qué? Me la censuraron. En el esfuerzo por dotar de contenido a mi trabajo no podía dejar de soslayo la censura ejercida por motivos religiosos. Eso (sumado a que la persona que entonces ocupaba la dirección de la carrera era del Opus Dei) seguramente provocó el cortocircuito.

 

Para hacerles breve el cuento: estuve batallando desde marzo hasta noviembre; entregaba resultados y al cabo de varias semanas recibía de vuelta el legajo cuajado de objeciones, tachaduras y pésimos remiendos. El vaivén se repitió innumerables veces. Llegaron al colmo de pedirme que quitara lo que tiempo atrás habían dicho que pusiera.

 

Así funciona la burocracia, máxime si ésta –como suele ocurrir– queda a cargo de autómatas serviles que operan bajo órdenes y premisas farragosas. Aprendí mucho sobre la jerarquía, el autoritarismo, la fe ciega y los votos de obediencia. Una vez obtenido el diploma hice ajuste de cuentas a través de un ensayo que titulé Manual del perfecto idiota landivariano. Fue casi un orgasmo verlo publicado, revirando contra sus destinatarios cual espada de Damocles.

 

Entre las personas a quienes entrevisté figuraban Mario Monteforte Toledo (“Treinta y pico de años de dictaduras militares en este país castraron el pensamiento de una manera alarmante: la ignorancia que hay en la juventud de hoy en este país es pavorosa”) y Efraín Ríos Montt (“El cristianismo no es religión sino civilización; la Biblia es un libro de gobierno”).

 

¿Conclusión? En dos platos: la censura es contraproducente. Lo que más se prohíbe es también lo que más se desea. “Las reacciones individuales a la censura han provocado desobediencia a la autoridad establecida”, admitía el mismísimo Ríos Montt. Ha de ser por eso que, tal como anotó Augusto Monterroso, “en Guatemala, la censura consiste en un balazo”.

 

Dedico los párrafos de arriba a la izquierda políticamente correcta, no menos fundamentalista ni menos censora ni menos fascistoide que su contraparte.