Domingo 18 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Ojitos rasgados VII

follarismos

— Raúl de la Horra
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Mi imaginación iba a cien por hora y demasiado lejos. Marianne zafó su mano de la mía cuando la jalé hacia mí y se detuvo a examinar un libro. Seguí buscando a Cortázar hasta encontrar Rayuela, que había leído alguna vez en París en la época en la que Andrés Bretón y Magritte guiaban mis pasos en el aprendizaje de transformar la razón en una fiesta de colores, olores, sabores y sensaciones que te atrapan de gozo y de escalofrío al acariciar un árbol, al ver a un niño o simplemente al contemplar las nubes. El ejemplar de Rayuela nos esperaba allá abajo, cerca del suelo: Editorial Espasa, trigésima edición, 2015. Nos sentamos allí mismo en el piso de madera, frente a frente, y mis dedos encontraron sin dificultad el capítulo que tanto inspiró a nuestra generación y que fui traduciendo al francés con aire de circunstancia, con el dedo desplazándose por debajo de las frases en el papel, gesto que Marianne celebró con una atención tan esmerada, que me hizo sentir lo que quizás sienten los pavorreales cuando se les inflan las plumas.

“Fragmento capítulo 7 de Rayuela. Toco tu boca. Con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja…”

A medida que avanzaba, yo la miraba y ella me sonreía, y yo me cagaba, sí señor, me cagaba viendo sus hoyitos risueños en sus cachetes, pero no sabía qué hacer más que huir hacia adelante con mi dedo deslizándose sobre el papel con la esperanza de que a la vuelta de una frase nos encontráramos reproduciendo en vivo el texto que empezaba a desfilar en nuestros labios deletreando cada palabra como quien saborea un dulcito, una canillita de leche que nos acerca progresivamente hacia el delirio, y en esas estábamos cuando aparece Lisette asomando su cara encima de nuestras cabezas e, imitando el acento francés aderezado con una risita burlona que jamás le perdonaré, nos dice: “La sopá está sejvida, señogas y señogues, pueden venij a comej”.

Botella de vino tinto, música de fondo (notas azucaradas, un poco exasperantes, de trova cubana), brindis, que vaya maravilla, que gracias, que buscaré el libro en París, que vale la pena, que traduces muy bien, que qué bueno, que la ensalada está deliciosa, que pásame la sal, que chin-chin otra vez, salud, que si piensas regresar algún día a Francia, me dice, que sí pero cuando haya plata, le respondo, que el asado de cordero está seco y duro, en fin, la realidad casi siempre cortocircuitando la poesía, que se hace tarde, que pronto van a cerrar la librería, o la poesía cortocircuitando la realidad, que si tus ojos rasgados, claro, soy china, me perturban, cómo así, no sé explicarlo, inténtalo, cómo te lo explico, no me perturban, me hipnotizan, jajajaja, la música esa es cubana ¿verdad?, (por qué cambiará de conversación, las mujeres son impredecibles, ahora me sale con lo de la música), también me fascinan tus labios, quiero decir…il est tard (ya es tarde), je dois partir (debo irme) (que debe irse, dice, ¡mierda!, todo se cae, todo se está yendo a la verga, dónde la cagué, qué hice, qué dije, se desmorona la poesía, se pierde, volvemos a la banalidad de las palabras, de los gestos, de las cosas). Éramos los únicos sobrevivientes y Lisette había empezado a apiñar las sillas para cerrar el restaurante, así que pedí la cuenta.

-¿Pero no me has hecho el truco? –suelta Marianne una vez de pie, con voz traviesa, mientras la ayudo a ponerse el suéter.

-¿Quieres de veras que te haga un truco? ¡Pues mira!

(Continuará…)

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