Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Lucrecia, Madonna, Zury

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com
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Uno. Las uniones matrimoniales por arreglo económico y político siguen siendo práctica común en varias partes del mundo, incluyendo Guatemala. Católica en su mayoría, nuestra rancia élite criolla es prueba contundente de ello… por mucho que de puertas para afuera exhiba amagues de conservadurismo a ultranza y se pronuncie “a favor de la familia tradicional”.

Dos. Lucrecia tenía 13 años cuando se casó por primera vez. No fue consultada al respecto. A cambio, el papá le permitió decidir con quién de sus hermanos perdería la virginidad. (Convencido de que el primer hombre con quien yaciera su hija se convertiría en el dueño de su corazón, el progenitor quiso evitar de ese modo que ella se enamorara del esposo, lo cual ponía en riesgo el poder del clan. Así son las movidas entre linajes con demasiados intereses en juego).

Aterrada, la niña imploró que su padre estuviera presente en el momento del acto carnal. Él observó entonces desnudarse a sus hijos, y los bendijo en el nombre del Espíritu Santo. Luego, ni modo: lo que tenía que pasar, pasó. Aún así, nada de lo anterior fue suficiente para evitar que el matrimonio fracasara en su objetivo de ligazón dinástica.

Lucrecia fue recluida entonces en un convento donde dio a luz un bebé, reconocido inicialmente como hijo del hermano con quien ella había fornicado antes de casarse. Más adelante el jerarca de la familia ofreció una versión distinta, asegurando que el papá de la criatura era él mismo.

Pocos meses después del nacimiento del niño, Lucrecia fue desposada en segundas nupcias. Se casó una tercera vez, a los 21. ¿Quieren saber de quién hablo? Lucrecia Borgia fue la número cuatro de los diez hijos que tuvo Alejandro VI, Sumo Pontífice de la Iglesia romana en los albores del Renacimiento. El hermano con quien se amancebó en incesto fue César, ungido cardenal a los 17 años y responsable, a su vez, de dejar esparcido otros tres hijos por lo menos. (Si no me cree, busque, infórmese y salga de dudas usted mismo).

Tres. “Los crucifijos son sexys, porque siempre hay un hombre desnudo colgado en ellos”, declaró cierta vez Madonna. Por esa época daban mucho de que hablar sus osados golpes de efecto mediáticos salpimentados de picardía y concupiscencia.

Pasó el tiempo del escándalo y más adelante, al asumir el rol de mamá, se volvió de lo más timorata: nada de TV, nada de novios, nada de minifaldas. Algunos pensarán que entró en razón, que maduró. Discrepo: para mí que es doble rasero del más gacho. Hipocresía, pues. He visto a mucha gente así, en su tránsito de una juventud desenfrenada a una paternidad asumida con exceso de recato.

Cuatro. Hace diez, quince años, Zury Ríos se batía en el Congreso de la república utilizando su injerencia como diputada para impulsar la educación sexual en las escuelas. Hoy, en cambio, la vemos protagonizando una marcha que se opone a que el Legislativo apruebe la interrupción del embarazo en mujeres menores de 14 años. “No al aborto, sí a la vida”, era la consigna más socorrida durante la manifestación. Y Zury ahí, todo candor, mercadeándose, captando para sí la aprobación del populacho.

¿Cuántas veces te has casado, Zury? ¿Cuatro? ¿Cinco? ¿Ocho? Ya perdí la cuenta. Esa parte de tu biografía no aparece en Wikipedia. Menciona, eso sí, que tuviste una hija. Una solamente. Será que tus maridos han sido, todos ellos, muy castos. O será que tuviste problemas de fertilidad. O será que usaste anticonceptivos. O será que ellos usaron condón.

Me pregunto qué autoridad moral tendrás para navegar con bandera de purista.

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