Miércoles 14 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Ni libertad, ni justicia

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com
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El carácter excluyente de la economía guatemalteca no debe leerse únicamente desde la profunda desigualdad del ingreso sino, en general, en la manera como pocas personas o grupos económicos concentran y controlan los factores que permiten acceder, apropiarse y acumular en la espiral productiva: el capital, la tierra, el agua, los recursos del subsuelo, el conocimiento y la información, la tecnología y las relaciones con los circuitos económicos regionales y globales.

 

Todos estos factores, esenciales para la acumulación, siguen estando altamente concentrados en pocas manos y constituyen, junto a la mentalidad conservadora dominante, dos poderosas causas estructurales del subdesarrollo nacional, que obligan a que vastos segmentos de la población tengan que buscar sus ingresos y medios de supervivencia en la economía informal, en la emigración o en la delincuencia.

 

1025 personas controlan el 75% del PIB en América Central. 260 guatemaltecos acumulan, solito ellos, el equivalente al 56% del PIB en nuestro país. ¿Cómo fue posible consolidar un sistema así sin que las masas que lo padecen hicieran algo por impedirlo? ¿Desde cuándo es normal que una élite acapare para sí las oportunidades que nos corresponden a todos?

 

La verticalidad, el autoritarismo inapelable, las soluciones mesiánicas, la burocratización de la política sosiegan nuestros ímpetus, nos hacen sentir como en casa. Las ofertas de mano dura todavía seducen a muchos y a muchas, lo cual supone la necesidad vital de estar siempre del lado de ‘los buenos’; esto es, de plegarse a quienes deciden qué es lo que está bien y qué es lo que está mal.

 

Justo o no justo, eso es lo de menos: estamos tan (de) formados en la cultura de la autoridad que hasta la justicia la entendemos como desquite, no como reparación. Los linchamientos, las desapariciones forzadas, las ejecuciones extrajudiciales y hasta las sentencias de los jueces (para no hablar de cómo opera la policía y el ejército, o de cómo las autoridades en general hacen valer el peso de su investidura) muestran ese rasgo de perentoria unilateralidad, de machucamiento intencionado, de violencia aplicada por principio y como norma.

 

Uno de los efectos del desmembramiento en el tejido de la sociedad es la instalación de la desconfianza y del temor, que generan la necesidad de redoblar medidas de protección y dedicar mayores esfuerzos y dinero a la seguridad –guardaespaldas, blindajes, muros, garitas, sistemas de vigilancia, etcétera.

 

Es observable también que cuanto mayor es la desigualdad entre la élite y el resto de la población, mayores son las probabilidades de que se destinen recursos públicos en proyectos que benefician, sobre todo, a los más poderosos: el gasto total del Estado para la población no indígena en 2015 fue casi tres veces mayor que el destinado a los pueblos indígenas.

 

Por supuesto, hablar de libertad en tales condiciones es caer en el sinsentido y la demagogia, invocando a ojos cerrados una dimensión que nos es desconocida.

 

(Si le interesa saber más sobre la desigualdad, lo invito a buscar El país más feliz del mundo en librerías y bibliotecas).

 

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