Martes 20 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Luna

buscando a syd

— Maurice Echeverría
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Algo que no sangra.– En un callejón, en el mar de la ciudad, ahí intentaron liquidarlo. Por supuesto, no tenían idea quién era. O mejor dicho, qué era. ¿Y qué era, exactamente? No un ser humano, de cierto, sino algo más fundamental, algo que no sangra. Algo libre.

Por fin, tu asesino.– Por fin, tu asesino. No como un sueño, sino en carne y hueso. No mañana, sino ahora. No con su costumbre de muchos rostros posibles, sino con su rostro verdadero, fijo, actual, sin variaciones; su incluso agradable rostro. Tu asesino, el que tanto esperabas, ha florecido del mar de las horas, para cumplir su quemante promesa. Y ahora tienes que decir adiós a tu sentimiento de imaginarlo, de imaginar pues a tu asesino.

El detective.– ¿Qué quieres que te diga? ¡Todos mis clientes me detestan y sin embargo me siguen buscando! Y me siguen buscando (me detestan) simplemente porque encuentro lo que buscan. ¿Para qué recordar ahora los incontables casos intrincados que me encomendaron, y que resolví por lo sucio o lo metódico? Unos casos más vacilantes que otros, es verdad, pero todos al final aclarados, con mi sola magia. No les agrada trabajar conmigo porque creen que bebo demasiado en ciertas noches heridoras. Pero sobre todo porque por veces descubro sus asquerosos, sus indefendibles secretos. Además, saben que su dinero no me importa. Únicamente me importa el olor de la sangre, la excitación de un crimen en la parte oriental de la ciudad grotesca, tremenda urbe sin jardín. En este sueño de penumbras hay muchos cadáveres qué explicar, y muchos tipos a quienes partirle la cara. Cosas que por demás demandan cierto estilo.

Luna.­– La luna es un espejo que nos hace ser más que lo que somos. Mi consejo es que la veas, siempre un poquito, cada noche. Tampoco mucho, porque entonces el efecto será contrario: querrás tomar alguna cicuta, o colgarte en un calleja parisina. No te asustes; no es para que huyas de ella que te lo estoy diciendo. Es cierto que en su luz han corrido maldiciones y amarguras. Pero también es verdad que los pescadores cantaron al verla, en agosto.

El testigo.– Puede ser que estuviera texteando una furia a su novia. Y que ese descuido lo llevara a la procelosa pendiente. O puede ser que él mismo se arrojara al desastre enrojecido. Lo cierto es que ahora el auto ha quedado triturado, allá abajo. Y que adentro hay un cadáver, resumido a una posición extraña. Y algo, algo que solía estar donde estaba el cuerpo, lo está contemplando.

Gentrificación.– No los copies; no cedas a la maldición de imitar sus ideas, sus trayectos, sus modos de conversar. No operes igual que ellos. Parecen de veras dignos, y además tan agradables, con su estilo y su dinero. ¿Es que no te das cuenta? Ellos lo arruinaron todo.

Se te pasó la fecha.– Mírala nomás: tu vida. Nunca acechaste. No pusiste atención. Y ahora es muy tarde. Ya no podrás subsanar. Eres como una isla que no se abriera al mar. ¿Qué hiciste, sino comprar cristales baratos? Se te pasó la fecha.

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