Viernes 21 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Cuando tenga 64

Lado b

— Luis Aceituno
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Hará cosa de dos o tres meses, llegué de forma oficial a la tercera edad. Fue una cuestión puramente accidental, sin ritual de iniciación, sin firmas ni protocolo alguno. Yo siempre había tenido la idea de que esos pasos definitivos de la vida, se realizaban de manera excepcional y solemne o algo así. Pero viéndolo bien, a lo largo de mi existencia he pasado de una etapa a otra sin tener mayor conciencia de los hechos. “La vida es lo que va pasando, mientras nosotros andamos preocupados en otras cosas”, decía John Lennon y su compadre McCartney se preocupaba por si lo iban a seguir queriendo y alimentando cuando tuviera 64 años. En los tiempos en los que crecí, llegar a los 60, era llegar a una “edad respetable”. Ahora ya no estoy muy seguro del asunto.

Recuerdo haber llegado a la edad adulta como a los 12 años, fue el día en que me acerqué a la entrada del cine Imperial para ver si me dejaban entrar a la sesión de películas atrevidas, esas que se proyectaban los viernes por la noche. Había que mostrar la cédula de identidad para que el cuidador se cerciorara de que eras mayor de 18 años. Yo me pasé largo rato tratando de convencerlo de que había dejado el documento olvidado en mi casa. Cansado ante mi insistencia, el tipo me miró detenidamente y, cortando por lo sano, me dijo: “Bueno, pase, usted ya se ve grande”. Respiré aliviado. Con la banalidad de su gesto, el cuate me había liberado de la carga de la niñez y sus restricciones. Hubo algo más importante –y esto ya lo conté en alguna parte– buscando pornografía, me encontré con la cultura: la cinta que se exhibía era El Decamerón según Pier Paolo Pasolini y ya nada volvió a ser lo de antes.

Lo de la tercera edad, también fue algo salvador, pero con menos gracia. Tenía que renovar mi pasaporte y un terror absoluto de llegar a hacer una cola imposible desde las tres de la mañana. Y entonces lo de siempre, un amigo que conoce a alguien que es esposo de alguien que puede darte una mano con el trámite. Me dijeron que llegará un día a las 11 de la mañana a recoger un turno para una fecha imprecisa, que hablara con no sé quién que estaba en la puerta. Me presenté puntual y con toda la humildad del caso. “¿Usted ya es de la tercera edad?, me preguntó el de la entrada. “Ya”, le contesté como con pena. “Entonces, póngase ahí”. “¿Ahí?”. “Sí ahí, ya le dije, ¿necesita asistencia, ayuda?”. “No”, le respondí y dócilmente me puse “ahí” como me había indicado. En cuestión de media hora tenía mi pasaporte listo. “No está mal eso de llegar a viejo”, me dije.

Y así vas tomando conciencia del tiempo que pasa. Un día la cajera del supermercado deja de decirte joven y comienza a llamarte don y a pedirle a alguien que te ayude con las bolsas. Un día te das cuenta de que primero te apedrearon los viejos, después te apedrearon los jóvenes y ahora te apedrean todos juntos.

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