Viernes 16 DE Noviembre DE 2018
La Columna

El jardín de las delicias

SOBREMESA

— María Elena Schlesinger
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Los miércoles, la niña corría a la cocina y esperaba con paciencia, sentadita en el viejo basurero de hierro que se encontraba detrás de la puerta, oír los tres toquiditos tímidos del tocador de la puerta.

Escondida en su fortaleza de puerta de madera, la niña contemplaba la llegada triunfal de Tona a la cocina.

Ella llegaba acezante y acalorada del mercado. Detrás le seguía un patojo descalzo, vestido de un blanco percudido y sucio, cargando el inmenso canasto de junco repleto de verduras y frutas: la sandía en forma de pelota, la docena de naranjas Washington y los tres güicoyes sazones de cáscara muy áspera y dura, los que por grandes parecían de la Tierra Prometida

El muchacho pedía permiso para sentarse un ratito en una de las sillas de la cocina, sacaba un pañuelo tan sucio como sus pantalones y se limpiaba las gotitas de sudor que le choreaban por la frente. Con su mano derecha, sorbía agua fresca de a poquitos, en un pocillo blanco de peltre, temblereque aún, por lo pesado de su cargamento.

Aquel canasto resultaba una caja de sorpresas para la niña, quien se pasaba las horas escondida como intrusa o gato en el segundo patio de la casa.

El canasto de junco se miraba como un pequeño vergel dentro de la cocina oscura y ahumada; un jardín muy verde de variados colores y aromas. Tallos, hojas, y vegetales perfectamente colocados por tamaños, alturas, densidades y formas; una complejísima edificación aprendida con los años, para reguardar los “santos alimentos”, proclamaba, Tona, cada miércoles, como si estuviera orando en la iglesia o el culto.

El embalaje proveniente del mercado era una pura obra de arte: lo delicado iba en cúspide, jocotes de marañón muy rojos, las lechugas, aguacates, guayabas, pimientos y los huevos de gallina, los que venían dentro de un pequeño canasto con colchoncito de pino, en tiempos en que las bolsas plásticas no habían invadido el planeta.

En medio iban acomodados los tubérculos y las legumbres, las del caldo de todos los días, papas, zanahorias, peruleros, cebollas, güicoyitos, güisquiles, camotes, manzanas y fibrosos salsifíes los que llegaban a la mesa empanizados.

Al fondo, colocaban los costalitos: el de frijol de Parramos, el de arroz y otro con el azúcar, granos que iban directo a unas cajas de latas redondas que habían guardado antes galletas de soda. Del lado opuesto, como para separar los olores y los humores de la comida, estaba la carne: la manita de rochoy en trozo, el hueso de pescuezo para el caldo, la molida y la posta de marrano, envueltos en hojas verdes y olorosas, atadas como paquetes con tiras de cibaque, como si fueran grandes tamales.

En las orillas del junco, tocando fondo, estaban la piña, y la papaya saraza. Los apios floridos, los puerros, los manojos de hierbas olorosas y la manzanilla; los cucuruchos hechos de papel periódico blanco con las semillas, los chiles, el tamarindo y el alpiste y el maicillo para el canario, llenaban los huequitos del canasto. No podía faltar nada, pues el mercado quedaba lejos

Cuando el patojo ya se había marchado y Tona se guardaba el monedero con orejas de gato en lo que ella llamaba “el buche”, alcanzaba su canasta de mano, con agarrador, y sacaba las cosas más preciadas: el queso de leche y la manteca de cerdo empacadas en hoja; la mantequilla de tuza y, de último, envuelto en papel periódico, dos bolas grandes de jabón de coche, “para evitar las canas”, explicaba Tona a la concurrencia de la cocina.

El ritual del día miércoles de mercado tenía final feliz, por lo menos para la vigía apostada detrás de la puerta, hasta que Tona sacaba del bolsillo de su delantal de pequeña cuadrícula azul y blanco, un pequeño envoltorio de papel blanco: dos caramelos con sabor a leche en forma de muñequitos o dos piñitas, según su antojo. Uno me lo daba a mí, y el otro, se lo comía ella, ya sentada, cerca de la ventana, estirando por un momento sus delgadas canillitas de leche.

 

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