Jueves 20 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Raíces

buscando a syd

— Maurice Echeverría
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Raíces.­– Un denso vidrio, una gruesa mitología nos separa. Nos separa una ira transparente, a través de la cual nos miramos, sabiendo que por mucho que lo intentemos nunca llegaremos del otro lado, al paisaje escarlata del otro y del resto. Solo nuestras raíces sabrían encontrarse, insaciables, por debajo. Lo malo es que esas raíces ya no existen. Si existen, están envenenadas.

¿Qué hacemos con el niño?.– ¿Lo colocamos en un tren? ¿Lo metemos en algún arcón? ¿En una de esas madrigueras? ¿Se lo damos a una alondra? ¿Se lo regalamos al gran mar? ¿O en todo caso a los gitanos? ¿Lo envolvemos en sombras? ¿Lo vendemos en el mercado? ¿Lo ahogamos en una pila? ¿Lo cocinamos con aceite? ¿Qué hacemos con el niño?

Nueve brasas.– La edad me dice que no haga cosas y yo las hago igual. Sigo dejando huracanes por toda la tierra. Mis manos arrugadas brillan como el oro. Estoy en diálogo con las fuerzas del océano. Soy mucho más joven que esos adolescentes que se pudren en los departamentos de servicio al cliente. No acabo de entender lo que hacen ahí. Haya fuego en sus corazones, o morirán como los de mi edad: precisamente ancianos. Yo no me iré de viejo, de eso estoy seguro. Estas nueve brasas me protegen. La obsolescencia es mentira.

Nada entra y nada sale.– De aquí nada entra y nada sale. Es un mundo quieto y sucio. Las cosas y los símbolos se aburren y se pudren. Nadie recuerda cómo moverse.

Una mujer trabaja.– Una mujer trabaja. Es varias veces mujer, así que varias veces trabaja, para lentos dioses carniceros. Y sus manos transparentes están sucias y manchadas, de alguna sangre amarilla. El trabajo de esta mujer consiste en armar largas estructuras óseas, con una sonrisilla más bien cínica y enhielada en la boca, esa boca. No es la única. Otras vaciadas la acompañan, y todas cantan con las gargantas ya cortadas. A veces ocurre que alguna de ellas reclama. Lo que tú digas, campeona, dicen, con humor alusivo: y la echan a la calle, en donde raramente no muere. En donde por lo general es vaporizada a mordiscos por los perros hambrientos de la Municipalidad. Para mientras, la mujer trabaja y sus uñas se van cayendo. Vendrán otras uñas, y más bonitas, le aseguran: nunca vienen. Lo que se quiere decir es que en esta ciudad, y en todas las ciudades, una mujer trabaja duro, y trabaja, y postrabaja. Y duerme, aniquilada, en las hirvientes cunetas de hierro, sin llegar a casa. Y alguien, un centauro apocalíptico, la dobla, mientras otros ebrios ríen. En la madrugada la mujer se alza de nuevo, recuerda a su hijo aquel, y vuelve a trabajar.

Esa niña no es lo que parece.­–­ Por el amor de Dios, tienes que creerme cuando te digo que esa niña no es una niña. Hay una ciencia corrompida en ella: está conectada con algo oscurísimo: su campo de maldad provoca daños: genera muertos: promociona sangres. Yo sé que piensas que estoy demente. Yo sé que me consideras una egoísta. Pero en algúna parte de esta casa hay una niña y sabe algo que no sabemos. Nosotros no la vemos, pero ella nos está viendo.

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