Martes 11 DE Diciembre DE 2018
La Columna

Historia personal del plástico

Lado b

— Luis Aceituno
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Leo en alguna parte que el uso de bolsas plásticas será prohibido de aquí a unos tres meses en mi ciudad natal, La Antigua Guatemala. Por supuesto, es una de esas medidas que vengan de donde vengan uno no deja de celebrar. Que Guatemala, aquel país de la eterna primavera, se encuentra sumergida de lleno en eso que llamamos cambio climático, es algo que solo los tontos pueden ignorar. Basta con vivir aquí y pasearse un poco por los alrededores para constatar la degradación de aquello que en algún momento llamamos paisaje y que constituía la esencia del orgullo nacional: “¡Oh cielo de mi Patria!/ ¡Oh caros horizontes!/ ¡Oh azules, altos montes;/ oídme desde allí!”, cantaba Juan Diéguez Olaverri, para quien los doble litros de gaseosa nunca fueron una realidad que pudiera opacarle la nitidez de sus versos y su memoria.

Pertenezco a la primera generación que en este país se planteó el dilema entre lo natural y lo sintético, o lo que es lo mismo ente lo artesanal y lo industrial, entre el atraso y el desarrollo, entre lo viejo y la novedad. A mí, mi abuela no me llevó a conocer el hielo, sino el plástico y esto ocurrió en la “Interfer”, que fue toda una institución de la modernidad en los años sesenta, a donde ella me llevaba posiblemente para que tomara contacto con ese mundo del futuro que tanto la intrigaba. De ahí salía cargada de un montón de floreros, palanganas y decorados espantosos, fabricados con ese material irrompible que de seguro le aliviaría la vida. Pero la verdadera revolución llegó el día en que la primera vajilla de melamina empezó a sustituir los viejos y descoloridos trastes de peltre y de “china” que habían servido con honores a varias generaciones familiares. A partir de ahí, no hubo vuelta atrás y de pronto me vi acompañándola a las exhibiciones, en casa de sus amigas, de los utensilios de cocina marca Tupperware.

Puedo afirmar sin temor a la impostura que viví a fondo los años setenta, comenzando por aquellos horrorosos pantalones de polyester. El más extravagante, supongo, fue el acampanado de color corinto. Uno de esos traumas difíciles de superar, así pasen 50 años. Al primer concierto de rock que asistí en mi vida fue al de un grupo llamado Plástico BPesado, una tarde de domingo, en el Estadio Pensativo de La Antigua. Tenía 12 años y el nombre de la banda me parecía alucinante. En aquella época el plástico era mi elemento, éramos los niños desheredados de la civilización que flotábamos de lleno en el universo de lo sintético, con nuestras capas ciclón protegiéndonos de la lluvia y los cuquitos y los cheese trix como único alimento.

Luego vino el tiempo en que, gracias a Willie Colón y Rubén Blades, el plástico pasó de denso a convertirse en sinónimo de superficial e idiota y entonces el trópico se pobló de chicas que cuando se agitaban sudaban Chanel number three y que soñaban casarse con un doctor, pues él podía mantenerlas mejor y cosas así. Digamos que la cancioncita pegó fuerte en el imaginario popular. Ahora, lo que más me preocupa es en dónde voy a poner la basura sin el auxilio de las bolsas de nailon. Bueno, ya me ingeniaré cualquier cosa.

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