Domingo 18 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Retrato bucólico

SOBREMESA

— María Elena Schlesinger
Más noticias que te pueden interesar

Los paseantes llegaban alegres y sin prisas a los bosques de La Aurora, Las Margaritas y Oakland a disfrutar el descanso del domingo. Otros, preferían los paseos al norte de la ciudad: los llanitos de El Sauce con sus nacimientos de agua al fondo del barranco, los bosques de la finca El Gallito o visitar los alrededores del Mapa en Relieve, el templo de Minerva y el Cerrito del Carmen, en tiempos de nuestros abuelos,  al inicio del siglo pasado.

La ciudad estaba rodeada por grandes extensiones de terrenos verdes y boscosos, fincas rústicas privadas que la gente disfrutaba como suyas durante los fines de semana para sus días campestres, porque así era la costumbre, porque abundaba la tierra, éramos menos y sobre todo, imperaba el respeto.

No existían los cercos que limitaban los solares o el paso, y cuando los había, eran rústicos y frágiles. Talanqueras sin candado o llave que se abrían y cerraban a su antojo; sin atalayas, garitas o vigilantes al acecho: los paseantes pasaban adelante y de allí comenzaba la fiesta,  el almuerzo y hasta el baile, alentado por el ritmo monótono de una marimba de tecomates que unos mozos habían llevado cargando a memeces.

El día fijado para la excursión, el grupo se reunía tempranito en una casa o punto fijo, y comenzaban de mañana el trayecto para evitar el sol intenso del mediodía.  Era usual ver a los paseantes caminando, en bicicleta, o en carruajes, rumbo a un día de campo, los cuales no eran muy seguidos, y siempre muy esperados, porque los chapines de antes no eran botarates, en general más bien ascetas, puritanos y discretos en el gastar, en el tener, en el comer y en el hacer.

Los paseantes de domingo caminaban ligero y en fila india, como soldados, recorriendo los caminitos retorcidos y polvorosos de los parajes.

Los niños de pantaloncito corto llevaban la onda en el bolsillo trasero, listos para acertarle al clarinero ojo de vidrio o al pequeño gorrión. Otros, caminaban con zancos, sorteando agujeros y piedras con sus canillas de palo, o carrereaban atrás de la rueda de fierro, dándole y dándole con una varita filosa. Niños y niñas se divertían con pelotas tripacoche o volando barriletes cuando empezaban a soplar los vientos en noviembre.

Los últimos en el cortejo eran siempre los sirvientes que llevaban la comida, para quienes aquel jolgorio de domingo no era precisamente de descanso y los músicos que iban  cargando la marimba.

Para el almuerzo no podía faltar nada: el carbón o la leña para servir el almuerzo caliente; los petates para sentarse, el mantel en lugar de mesa. La olla de peltre con el sancocho, el pulique o el pepián indio.  El arroz, chojín, tortillas y panes con chile relleno o curtidos envueltos en papel periódico. Para mitigar el calor, el agua de canela o la limonada con pedacitos de hielo, y de postre, plátanos con crema rociados de azúcar crujiente, el huevo chimbo y la cocada de leche.

El paseo  terminaba cuando comenzaba a caer la tarde, cuando enfriaba o llovía. Si el clima lo permitía, el regreso se disfrutaba despacio, platicando para alargar el descanso en compañía, y si era día de suerte, y quedaba cerca alguna estación del tranvía, la del Calvario por ejemplo, los niños podían prolongar el paseo de domingo, regresando a casa en tranvía jalado por mulitas.

Etiquetas: