Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Ojitos rasgados iv

follarismos

— Raúl de la Horra
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Me habló de sus correrías por diferentes países y de cómo los ciudadanos de Taiwán eran doblemente desgraciados, pues estaban prisioneros en su pequeña isla y eran apátridas afuera, ya que ni siquiera las Naciones Unidas los reconocía como miembros de algún país. Me contó con sorprendente franqueza que su relación amorosa con Jacques tenía un objetivo eminentemente pragmático, que era el de casarse para adquirir luego la nacionalidad francesa y, asunto arreglado (sentí otra patada). Estuvimos conversando de todo esto no sé cuánto tiempo, pedimos un segundo café y después una copa de vino tinto, y luego otra, y ella me explicaba ya más relajada que la relación con los franceses no era fácil, que eran neuróticos y nerviosos (“Eso, porque no has vivido en Guatemala, chulita”, pensaba yo, pero me abstuve). Me explicó cómo había empezado a tocar el violín a los ocho años y cómo hacía ejercicios todos los días para mantener la agilidad de los dedos (se me caía la baba escuchándola), lo cual confirmó lo que yo había intuido al mirarla de espaldas en la librería: que esas manos estaban destinadas a acariciar el mundo y a convertirlo en música.

– ¿Por qué miras fijamente mis manos? -preguntó.

– Si te lo digo, te vas a molestar.

– No me molestaré.

– Júramelo.

– Je te le jure…

Carraspeé y me tiré al precipicio.

– Verás, es que las manos son un holograma no solo del interior, sino del exterior de las personas. Cuando quiero desnudar a alguien, veo sus manos. Estos dos dedos, el índice y el pulgar, son tus piernas. ¿Satisfecha?

Cambió de colores. Sonrió y bajó la vista. Sin decir agua va, le tomé la mano que jugaba con la servilleta sobre la mesa, y para mi sorpresa no rechazó el gesto, sino que incluso apretó temblorosa la mía durante varios segundos, mientras sentía el calor y la humedad de su palma, la tersura, la estructura de sus dedos largos y finos, que de pronto se entrelazaron con los míos como un abrazo en medio de la galaxia, o como el descubrimiento de un oasis en lo profundo del desierto, momento en el que deseé que un terremoto nos tragara como si estuviéramos en Pompeya, pero el único cataclismo que sobrevino fue cuando se levantó de golpe y preguntó:

– Disculpa, ¿dónde está el baño?

– ¿Todo bien?

– Sí, todo bien.

Le indiqué con el dedo y dije, haciéndome el chistosito:

– ¿Volverás?

– Si no vuelvo en media hora, ¡llama a los bomberos! – exclamó y rió.

Era esbelta y se desplazaba como pantera. Respiré hondo. ¡Había química, sí señor! Era obvio que había química entre la china y yo, Putain de bordel de merde! (expresión intraducible).

Jamás fui mujeriego, pero siempre admiré la belleza y la inteligencia femeninas. En todos los países y latitudes me topé con mujeres hermosas que sin duda no lo eran solo por su exterior. Cuando hoy, después de dos felices matrimonios con sus respectivos divorcios, miro hacia atrás y pienso en las horas invertidas en universidades y lecturas, en discusiones interminables sobre política, en cuestiones de filosofía pedagógica, no es que me arrepienta de ello, pero pienso que si hubiera tenido la posibilidad de escoger verdaderamente y a conciencia una profesión, habría optado por ser fotógrafo para acercarme a todas esas diosas del Olimpo y desnudarlas a mi antojo, o haría como un amigo peluquero estilista, que se la pasa peinando y despeinando historias de mujeres al restaurarles no solo el rostro y la cabellera, sino el alma y la autoestima. Oficios que, de haberlos ejercido, me habrían protegido –es lo que supongo, pero a lo mejor me equivoco– de la terrible amenaza que representa la belleza y sus múltiples formas sibilinas, y hasta me habrían permitido sobrevivir quizá de manera más decorosa.

 

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