Lunes 19 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Los ricos vivimos subsidiados

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda
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Sin ser experto en desigualdad, el año pasado tuve que profundizar en la materia para escribir un libro por encargo de Plaza Pública. El fenómeno, de suyo relevante en países como Guatemala, es en sí mismo tan complejo y admite tantos equívocos y prejuicios que –pienso yo– no está de más desmenuzar un poco la cuestión y compartir algunos hallazgos.

 

¿Ha notado usted cómo la lógica del sistema que nos rige y la mayoría de sus leyes favorecen a las élites? “El capitalismo es el socialismo de los ricos”, leí hace poco. En otras palabras, los ricos vivimos subsidiados: transitamos sobre calzadas de asfalto que otros no tienen a su disposición, contamos con servicios (un grifo de agua a la mano, postes de luz, energía eléctrica, señal de cable, desagües bajo tierra) a los que otros no pueden acceder, producimos porque hay con qué producir, tenemos a la mano un autobús, una farmacia, un futuro, un presente. Los demás, los de abajo, entran al ruedo en condición de desventaja, arrancan desde un punto de partida rezagado que acentúa sus dificultades de nivelación.

 

Uno de los principios fundamentales del liberalismo postula que, si bien los logros (el punto de llegada) dependen de cada individuo, las oportunidades (el punto de partida) pueden y deben ser las mismas para todos. Tal es, en teoría, la función del Estado: garantizar que todos sus ciudadanos tengan las mismas oportunidades. Para eso se supone que sirven los impuestos. No lo creen así los voceros del individualismo a ultranza, por mucho que hagan alarde de su enérgica vocación liberal.

 

De modo, pues, que (mientras no remontemos las asimetrías que explican nuestro lugar en la pirámide) los de abajo seguirán afuera de todo: de todo proyecto que los incluya como protagonistas, de toda oportunidad que los incorpore como beneficiarios, de toda cobertura social o económica; atenidos a la caridad opcional de la gente de buen corazón, a una ‘responsabilidad’ empresarial interesada y facinerosa, a la solidaridad fragmentaria de las oenegés, a los regalos que reparten los políticos en campaña, a las migajas que les avienta el gobierno cuando se acuerda de ellos.

 

Urge una ley de control de la natalidad, les he escuchado decir a muchos. Algunos incluso acarician la posibilidad de exterminar a las masas prescindibles, de deshacerse de los parias. Eliminarlos. Borrarlos del mapa. Cuánta gente poderosa sigue aferrada a ‘soluciones’ así. “Una rabia que los gringos no hayan entrado acá con todo a limpiar de verdad el país. Para que reinara la paz en verdad se hubieran necesitado por lo menos dos millones de muertos”, me escribió un lector.

 

Pareciera como si los 36 años del conflicto armado no hubieran dejado ninguna lección. Los guatemaltecos andamos mal de la cabeza. El odio, como bien se sabe, no apela a la racionalidad, sino al rapto de la exaltación.

 

Si te interesa aprender más sobre la desigualdad te invito a buscar El país más feliz del mundo: Guatemala, entre el espanto y la ternura en la librería o biblioteca que te quede más a mano.

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