Miércoles 26 DE Junio DE 2019
La Columna

La Feria de Jocotenango

SOBREMESA

Fecha de publicación: 13-08-18
Por: María Elena Schlesinger

Las crónicas de época de más de un siglo, describen la feria de agosto como la festividad más esperada y alegre de los antiguos moradores de la capital, ciudad descrita por propios o ajenos como silenciosa, aletargada y
aburrida.

Cada 15 de agosto, Guatemala amanecía de fiesta, con repique de campanas y explosiones por la quema de pólvora.

Era día de asueto, de misa de tres padres cantada en latín, entre nubecitas de incienso y aroma de flores silvestres; de estreno de vestido, de procesión en honor a la patrona, la Virgen de la Asunción, de cantineo y paseos por una feria muy concurrida y colorida por sus ventas de fruta, dulces, ganado y, con el tiempo, por sus novedosas diversiones.

Cada agosto bajaban de la provincia romerías de comerciantes, artesanos y ganaderos, y poblaban los llanos de la feria con el cargamento de tanates, redes, canastos y bestias.

Se asentaban al norte de la ciudad, en la plazuela de tierra del antiguo pueblo de Jocotenango, en tiendas improvisadas hechas con cañas y manta blanca, debajo de una inmensa ceiba, tan antigua como la ciudad misma. Era tiempo de lluvia y todo se mojaba y
formaban grandes lodazales.

El jolgorio duraba una semana y el mero 15 era el día más festivo: la gente llegaba desde temprano para evitar los aguaceros de la tarde, y los más jóvenes, acostumbraban tocar pitos de barro para armar la bulla, según nos cuenta José Milla en sus crónicas de la ciudad.

Los parroquianos muy bien arregladitos, visitaban los corrales para negociar ganado; y las mujeres, los puestos de venta de enseres de casa: ponchos de lana y jergas de lana de Momostenango; caites, jarcias, loza de barro vidriado para cocinar los recados y los frijoles; jícaras para el chocolate batido, juguetes de madera y plumitas pintadas, y un repertorio grande de fruta y dulces presentados en tabletas sobre tusas: de coco, piña, toronja, camote y sin faltar el matagusano de Amatitlán.

Todo tipo de melcochas, anisillos y alfeñiques, además del pan dormido de Xela, el llamado de Mashtate tintado de achiote y costalitos repletos de habas,
tostadas y manías.

 De los potreros y fincas de oriente llegaban los vaqueros de piel blanca y ojos zarcos de gato, arriando caballos y reses por extravíos y caminos de herradura hasta llegar a los llanos aledaños a la feria, los del Zapote y Corona, en donde los ponían a pastar.

Los vaqueros eran huraños, hablaban un español extraño y se mantenían aparte, cuidando a sus bestias, como los gitanos roba niños, comedores de carne de caballo, en sus carromatos, que vendían cacharros de cobre, peroles y apastes aún tan necesarios para cocinar el dulce de leche y el ante de guayaba. Las gitanas, contaban historias de caballos de ojos brillantes y leían el futuro escrito en las manos de las mujeres
desesperadas.

Tras trescientos años de existencia, la Feria de Jocotenango sigue vivita y coleando: fresca, dinámica, colorida y popular. Con olor a garnacha frita, a mollete flotando en miel de rapadura, a elote loco, mango amarillo con pepita y chile de Cobán. Se pasean los catrines, y niños con cara de asombro, felices cuando le pegan al blanco en el tiro de la calaca; de risita miedosa y abrazo apretado en la rueda de Chicago. La multitud camina por la feria a ritmo pegajoso de reguetón o romántico de Luis Miguel. La voz del altoparlante invita a divertirse.