Viernes 22 DE Febrero DE 2019
La Columna

Ojitos rasgados III

follarismos

— Raúl de la Horra
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-Disculpe, excuse me, you are Japanise, right? –lancé.

-Sorry? No, I’m not japanise, I’am Chinese. I’m from China.

Tronaron pajaritos en mi cabeza, había metido la pata. Con mal inglés y frases en español intenté proseguir la conversación.

-Oh, I’m so sorry, I thought you were Japanise, le pido disculpas, qué torpeza.

Sonrió igual que la primera vez y tuve, en ese instante, la impresión de que la librería entera -bueno, al menos la sección de filosofía donde nos encontrábamos- se inflamaba.

-It is not a problem, it’s not important. But I thank-you because is the first time that someone me pide disculpas por haberme confundido con una japonesa. Usted sabe, the japanise and the Chinese…I’m from Taiwán.

-¿Taiwán? I apologise. Mi name is Federico, como el filósofo Nietsche, hahaha -reí solo, porque no captó mi chiste. -Soy guatemalteco. ¿Cuál es el tuyo, el suyo, el vuestro? (era obvio que estaba nervioso).

-Mi name is Way Mei Su –soltó, con un aleteo de párpados que cortaba el aliento. Tuve en ese momento la impresión de que el mandarín era una lengua además de dulce, afilada como navaja, porque el apellido “Su”, pronunciado como “Shuuu”, recordaba el silbido que hace el viento contra las alas de los águilas cuando se lanzan en picada para atrapar a su presa.

–But my name in Occident is Marianne, you can call me that way.

Las cosas se presentaban mejor de lo esperado. Es curioso, pero cuando te topas con una mujer que te ha impresionado por su belleza, a menudo la percibes como diosa lejana e inaccesible, y es suficiente sentarte a su lado, mirarla a los ojos, conversar y compartir un café, por ejemplo, para descubrir con satisfacción -o con horror- que se trata de un ser humano como tú y como yo que ríe, sufre, se le derrite el maquillaje y hasta se tira pedos, llegado el caso. Y fue esta maravillosa humanización, justamente, la que se desenroscó asombrosamente el resto de aquella tarde.

Way Mei Su, es decir, Marianne, aceptó tomar café conmigo en el restaurante de la librería Sophos y yo aproveché para contarle en mi tartamudeante inglés cómo fue que nos habíamos visto un mes antes en Panajachel. Ella, para mi decepción, no recordaba ni pío de ese episodio, solo vagamente la existencia del café, pero nada que ver con el tipo que la había saludado elevando una taza al aire, lo que de inmediato afectó mi autoestima y me confirmó, por enésima vez -mientras ella mencionaba la belleza del lago-, que al final cada quien se hace su película de los acontecimientos, y que lo almacenado en la memoria depende más de nuestras expectativas que de lo que en realidad sucede.

A medida que entrábamos en confianza, comprobé no solo que el nombre de Way Mei Su era música pura, sino que todo en ella era música, pues tenía el puesto de primer violín en la orquesta municipal de Rennes, Francia, dirigida por su novio francés, Jack (no sé por qué razón, casi todos los músicos se llaman Jack en Francia, es algo que me llena de asombro). Jack era uno de los chicos que la acompañaban en Atitlán, el de barba pelirroja estilo candado (al mencionármelo, sentí una como patada en los coyoles). El otro era un guatemalteco de nombre Survier, igualmente violinista en esa orquesta. De suerte que nos pusimos a conversar entonces en francés, idioma que a todas luces ambos martillábamos con más solvencia. El caso es que su novio tenía un contrato de tres meses con las Alianzas Francesas de Centro América con sede en Guatemala para ayudar a la formación de futuros directores de orquesta, y ella había decidido acompañarlo para tomar vacaciones, ya que la temporada musical empezaba en Francia hasta en otoño. Lo que significaba, para mí -aquí me frotaba yo las manos en mi cabecita volátil- que ella disponía de suficiente tiempo libre, puesto que no siempre acompañaba al novio en sus giras de trabajo. (Continuará…)

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