Sábado 22 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Paredes que oyen

Lado b

— Luis Aceituno
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Una de las advertencias más curiosas que me hacía mi abuela durante mi infancia, era aquella de “Tené cuidado con lo que decís, mijo, que aquí las paredes oyen”. Y sí, los muros de las casas tenían esa particularidad en la Guatemala gris y silenciosa de las dictaduras militares. Ahora esa extraordinaria capacidad que en aquel entonces tenían los adobes y los ladrillos, se ha trasladado a los muros de Facebook que no solo escuchan, sino miran, vigilan, registran o guardan para la posteridad esa cantidad monstruosa de tonterías que los habitantes de este país proferimos o posteamos todos los días.  Según un reportaje de Nuestro Diario, el gobierno guatemalteco ha gastado más de Q90 millones, en los últimos ocho años, en equipo para vigilar a los ciudadanos, desde bagatelas como lapiceros con cámaras hasta software sofisticado para interferir teléfonos o computadoras. La lógica sicótica de la guerra sucia, aplicada a la democracia, para controlar a la población y obtener beneficios políticos o económicos, supongo, pues no soy muy ducho en el asunto

Cuando leemos los fichajes sobre ciudadanos, por una u otra razón, vigilados por el ejército o la policía durante los años de represión y conflicto armado, es fácil comprender que los sistemas de inteligencia no eran en aquella época muy elaborados. Una red de informantes casi analfabetas que redactaban partes torpes y confusos, con errores que muchas veces les costaron la vida a personas inocentes cuyo único crimen era vivir en un país en donde se mata o se muere por equivocación. Orejas se les llamaban y se repartían por todos lados. Vigilaban casas o seguían gente, se infiltraban en reuniones públicas o privadas y su oficio era escuchar y delatar, rendir servicios al gobierno o la patria. Cuánto les pagaban por una delación o un informe, no tengo la más mínima idea. Tal vez lo justo para el almuerzo o para pagarse un trago o un paquete de cigarros ¿Cuánto valía la vida de los otros? ¿Cuánto vale ahora mismo nuestra propia vida? ¿Cuánto está dispuesto a invertir el gobierno para saber en qué medida lo detesto?

La verdad es que yo, personalmente, preferiría que ese dinero que van a gastar en controlarme, en saber qué chingados pienso o no pienso, qué hago o no hago, a quién quiero, a quién odio, a quién frecuento, lo invirtieran en darme de comer o en hacerme la vida un poco más digna en este país que les tocó, por alguna ingrata razón, gobernar. Durante mucho tiempo, me consoló la idea de que ningún tipo con dos dedos de frente le podía interesar una vida así de corriente como la mía. Y, por supuesto, no deja de causarme cierta arrogancia el aprender que un gobierno estaría dispuesto a vigilarme (o que por lo menos ya compró los chunches para hacerlo en caso fuera necesario) para saber qué tan peligroso, importante o insignificante soy. Ser un tipo sospechoso de cualquier cosa, te da como cierta presencia, digo yo. Por otra parte, asuntos como estos nos sirven siempre para confirmar una sospecha inicial: detrás de cada gran inversión del Estado, existe el afán de joder al ciudadano. Y si es con la ayuda de la tecnología, mejor.

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