Miércoles 19 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Juana muere y Jimmy juega

lucha libre

— Lucía Escobar
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Imagino al presidente de Guatemala, ese mal actor que escogimos para dirigir la nación, parado frente al espejo viéndose, sin saber muy bien en qué lío se metió, pero bien seguro de que ya en la obra hay que seguir con el personaje. Lo veo probándose el uniforme de soldado con la esperanza de que el camuflaje le infunda el valor que le hace falta. Se ve muy demacrado, ha subido de peso. No hay maquillaje que borre el cansancio y la confusión de su rostro. En él no queda ni rastro de la imagen campechana y confiable que un día quiso transmitir. Hoy el papel de Jimmy es otro. Le urge creerse fuerte, recobrar la seguridad en sí mismo, sentirse poderoso, invencible. Pero no lo logra. Sus asesores están más acostumbrados a resolver las cosas a lo Chespirito que a trabajar en soluciones reales y eficientes para mejorar su lamentable imagen.  Ni uniformado Jimmy Morales da miedo. Tampoco da risa. Ni siquiera tiene la constancia de Neto Bran en el arte de desviar la atención con sus disfraces. Me encantaría disfrutar de burlarme del presidente y de sus inútiles intentos por parecer más bravo que idiota. Pero la verdad es que todo esto me pone como la gran diabla.

Jimmy ha sido capaz de regresarnos a los años ochenta con sus malas decisiones. Algo que no había logrado ni los vinilos que recién encontré de Los Chicos, Mijares, Daniela Romo y las Flans. Los ochenta, esa época odiosa de pelos de laja, exageraciones de polyester, muertos en las cunetas, militares en el poder y mucha censura hipócrita.

La presidencia de Jimmy nos está saliendo cara. Años, décadas de retroceso en pocos meses. Jimmy es una ofensa a quienes perdieron su vida en la reciente guerra, representa un escupitajo a los Acuerdos de Paz, un revés al dolorosísimo proceso de búsqueda de justicia y reconciliación que llevamos a cabo los guatemaltecos.

En este gobierno han aumentado considerablemente los asesinatos y la criminalización de los comunitarios. Solo en lo que va de 2018, han asesinados al menos ocho líderes de Codeca, el Comité de Desarrollo Campesino. La última fue Juana Raymundo, enfermera ixil, joven activista lista a participar en las próximas elecciones por un nuevo partido. Apareció torturada y tirada a la orilla de un río. Ella se suma a las 43 niñas quemadas en el Hogar Seguro, a los cientos de muertos y desaparecidos en la pésima gestión de reducción de desastres durante la erupción del volcán de Fuego, a las denuncias de malversación de fondos por la construcción de los nuevos albergues, a las serias acusaciones de abuso sexual que recaen sobre el presidente, a su intento de descalabrar el Ministerio Público y Gobernación.

¿Qué mensaje nos está mandando el soldadito? Se puede intentar retroceder el tiempo, volvernos al Medioevo, cagarse en el país. Pero no lo va a lograr. Todo cambia. Sus muertos y amenazas son alimento para nuestra rabia e indignación. En nosotros está convertir el enojo y hartazgo en fuerza liberadora, en lucha por la construcción de un mejor país. Ya es hora.

@liberalucha

 

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