Miércoles 26 DE Septiembre DE 2018
La Columna

El arte de contar

Viaje al centro de los libros

— Méndez Vides
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El asombro se logra en la literatura cuando el narrador logra contarnos una historia con la gracia del detalle y forma, porque a la vista tiene que estar el hilo conductor, pero la credibilidad y la sorpresa se alimentan de los detalles, de los pequeños aspectos que allí están, pero el lector no hubiera notado, y que al aparecer son como la luminaria que da sentido a todo lo que ocurre, y hace trascender el instante.

Los detalles conducen por un lado el plano del espacio, porque la sola historia de un hecho real o ficticio no se sostiene sin la presencia externa de lo otro, fuera del cuerpo del protagonista (individual o colectivo). Me explico con un ejemplo extremo, a partir de la caricatura popular Condorito, donde se observa al pájaro humanizado, popular, pícaro, desplazándose feliz y silbando por una calle urbana, a punto de hacer una fechoría, mientras en un ángulo del cuadro, un perro se rasca con la pata trasera o se detiene para ver con interés a quien pasa, oculto detrás de un poste, y desde una ventana de piso alto en un edificio, un rostro desconocido contempla un accidente de carro; y una mujer de espaldas, ajena al suceso, está a punto de apuñalar a un vendedor ambulante. El lector de estas revistas ve en ese cuadro, en un instante, y sin acudir a las palabras, una escena viva y creíble. Pero, además y al mismo tiempo, el narrador debe expresar alguna emoción. Algo que destaque el plano interno, que suscite emociones simultáneas que den sentido al hecho, a la tragedia humana, que desate el deseo de extinción. El pajarraco humanizado, con la cola de pluma que salta del pantalón parchado, silba despreocupado planificando una maldad, y el lector básico se prepara para la acción. En ese cambio de escena hay acción, tiempo, sensibilidad, intenciones, espectáculo y se contempla una experiencia espacial a la que es posible sumarse con la imaginación.

La narración debe ser efectiva en la revista popular como en La Divina Comedia, y por supuesto en la novela, donde el pecado que aburre es la intencionalidad moralizante o la actitud sacerdotal de quienes emiten juicio.

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