Domingo 18 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Ojitos rasgados I

follarismos

— Raúl de la Horra
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En memoria de Survier Flores

“Ni el amor, ni los encuentros verdaderos, ni siquiera los profundos desencuentros, son obras de las casualidades, sino que nos están misteriosamente reservados. ¡Cuántas veces en la vida me he sorprendido cómo, entre las multitudes de personas que existen en el mundo, nos cruzamos con aquellas que, de alguna manera, poseían las tablas de nuestro destino!”

Ernesto Sábato

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Las jacarandas a contraluz en el cielo azul recordaban las siluetas de una pintura oriental desde el café italiano de la calle Santander de Panajachel. Al bajar la mirada para darle a mi expreso el último sorbo, en uno de esos instantes en los que no sabes si es la fatiga del desvelo o el sopor de la mañana el que te juega una mala pasada, caminando hacia mí, en línea recta, venía la asiática más bella que haya visto jamás. Alta y risueña, con hoyitos juguetones en las mejillas y ojos de pantera enmarcados en una cabellera larga y lisa que se balanceaba al ritmo de su paso, portaba una minifalda de tejido bordado color marfil que ponía de relieve sus piernas de bailarina realzadas por las medias de licra negra, y atado a la cintura, en despreocupada coquetería, un delgado suéter de lana color ladrillo que conservo en casa y sobre el que cada noche, como si se tratara de un acto de espiritismo, hundo mi cara y aspiro su perfume para asegurarme de que no fue un sueño. Sus pies, pequeños y desnudos, engarzados en rústicas sandalias de cuero, más parecían flotar que caminar, así de etéreos se desplazaban en mi dirección. Notablemente parlanchina, conversaba con sus dos acompañantes que la seguían, extranjeros también, haciendo gestos al hablar en un idioma que no alcancé a identificar.

No supe qué hacer. Como estaba petrificado de miedo mientras ella me plantaba sus ojos y yo sentía que me estaba desollando vivo, conseguí estirar la mano con la taza vacía para hacer un torpe brindis al aire, a lo que ella respondió al pasar frente a mí con una sonrisa que fue el golpe de flash que inmortalizó en mi recuerdo aquel momento como si estuviera en una tarjeta postal: las jacarandas, el cielo azul, la taza en alto y mi cara de alelado.

Por supuesto que estas apariciones suceden  pocas veces en la vida. En mis correrías había conocido situaciones similares en las que fui objeto de deliciosos ramalazos provocados por mujeres que luego llegaron a ser importantes, como la polaca que hacía esculturas en el agua, o la francesa traductora de Julio Cortázar, o la alemana cuyo padre era coronel de la STASI (policía secreta de Alemania Oriental), y más tarde, la colombiana con quien la salsa se convirtió en una calistenia preparatoria para las olimpíadas del sexo. Sin embargo, jamás imaginé que en mi país, en este agujero perdido al que había regresado para alejarme del mundo en la “tercera juventud”, experimentaría un encuentro así de acojonante.

Por suerte –reflexioné después, sentado a orillas del lago mientras daba el último sorbo a la cuarta botella de cerveza–, aquella aparición había sido rápida y sin consecuencias, y como consuelo habría que decirse que turistas bellas, las hay a puñados por aquí, así que no vamos a hacer una telenovela por un cruce de miradas, aunque hay que reconocer que la china se las traía y que estaba como dios. Y bueno, ¿qué hago en este momento frente al lago desvariando por una chava que podría ser m’hija y a la que no volveré a ver never de never? ¡Ufff! La vida te da sorpresas dice la canción, y cuando menos te lo esperas, ¡zás!, salta la mujer ninja, te caes e incrustas el hocico contra la puta realidad, mientras de tu boca sale un hilillo de baba alcoholizada. Es obvio, cómo no voy a estar hablando pendejadas en voz alta si me tomé cuatro cervezas y está claro que no aguanto el trago, mejor me voy ya pa’l hotel. Pero antes convengamos, señoras y señores, y no se me hagan los disimulados, que la china era un alucine, un monumento asiático, una revelación mesmérica, ¿verdad que sí?  (Continuará…)

 

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