Jueves 18 DE Julio DE 2019
La Columna

Algunas nociones sobre la desigualdad

EL BOBO DE LA CAJA

Fecha de publicación: 27-07-18
Por: Andrés Zepeda

El año pasado escribí un libro sobre la desigualdad en Guatemala y el hacerlo me obligó a profundizar en la materia como no lo había hecho antes. Comparto aquí algunos hallazgos:

Lo primero que aprendí es que no es lo mismo desigualdad que diferencia. La diferencia (o diversidad, si nos remitimos al ámbito de la cultura) es algo digno de celebrar; la desigualdad, en cambio, es algo que merece problematizarse. Dicen los que dicen que saben que las diferencias existen, ya sea porque vienen dadas de manera natural en razón de procesos biológico-genéticos, o porque se eligen con base en gustos o estilos particulares.

No ocurre lo mismo con la desigualdad: la desigualdad no es congénita, aunque pueda ser hereditaria (porque quienes la padecen suelen endosársela a sus hijos). La desigualdad no es elegida. La desigualdad es un efecto que vemos evidenciarse más y más, conforme se exacerba el contraste entre quienes tienen demasiado y quienes tienen demasiado poco.

Algunos estudiosos, economistas casi todos ellos, suelen relacionar la desigualdad con la pobreza. Al respecto cabría oponer que, si bien ambos fenómenos suelen ir de la mano, no se observa entre ellos principio alguno de causalidad; esto es: aunque de manera indirecta se entrelacen, ni la desigualdad es consecuencia directa de la pobreza, ni la pobreza es consecuencia únicamente de la desigualdad.

Y es que la desigualdad no se relaciona sólo con el tamaño de la billetera. Pareciera, eso sí, que la desigualdad es atribuible a la tensión creciente entre dos extremos, el de la opulencia y el de la miseria. Vale decir, entonces, que la desigualdad es consecuencia de la distancia progresiva entre los pocos que acumulan cada vez más y los muchos que acumulan cada vez menos… o que no acumulan nada en absoluto.

Vale decir, también, que si la desigualdad se considera un problema, este problema lo es sólo en la medida en que la brecha entre pobreza y riqueza tiende, por inercia del sistema que la ocasiona, a hacerse más ancha y más honda, en un proceso cuyos niveles de asimetría, abismales como nunca antes, son ya francamente patológicos. Patológicos, sí. Léase: propios de una sociedad enferma.

Y vale decir, por último, que la desigualdad la sufrimos todos, aunque –claro– menos los de arriba que los de en medio, y ciertamente menos los de en medio que los de abajo. La padecemos todos porque, por mucho que algunos insistan en no querer verlo, compartimos un mismo mundo: un mundo del que las élites encuentran cada vez más difícil blindarse, un mundo al que los desahuciados encuentran cada vez más difícil acceder, y un mundo al que las capas medias encuentran cada vez más difícil sentir que pertenecen.

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