Martes 23 DE Abril DE 2019
La Columna

Paseo

buscando a syd

— Maurice Echeverría

Esto es el circo. –Los caballos avanzan soberbios, animados por el vitoreo camarada de la muchedumbre amniótica. No es el caso de todos, pero son varios los aurigas que padecen el rigor de la caída, y los otros fracasan sin remedio, salvo uno. Él será celebrado por la familia de este recinto oval y delirante. Él será llevado en los hombros por la masa esclava, pero feliz. Pan, feroz circo –para el pueblo.

No quiere hablar. –No quiere hablar. Juega con su perro. No quiere hablar. Y sin embargo sabemos que algo ha ocurrido. Sabemos que ha sangrado por algún lado. Furia y secreto hay en su mirada. Furia y secreto. Lava el carro. Juega con su perro. Sus labios a su silencio cosidos. No quiere hablar.

Una de esas fiestas. –Estás tratando de encontrar tu lugar final, tu lugar definitivo, en la fiesta. Te imaginas en un rincón, a gusto, cubierto de lirios negros. Hay rincones vacíos. Otros mojados y furiosos. Rincones donde hay niñas con rostro de caballo. Caminas por cuartos y cuartos, peregrinaje infinito. El mismo mesero, con su sonrisa brillante, te sigue ofreciendo esa inasible bebida. Pasa una mujer alta como una ciudad. Un albatros se retuerce en la piscina: alguien lo ha golpeado, con alguna escultura de mármol. Sigues al anfitrión, pero es un invitado. Suena una melodía dislocada, al lado de un albino. Miras por un agujero los cuerpos. Sientes sus médulas. Los otros ocurren, pero en realidad no puedes conectar con ellos. Alguien corta las rayas de coca con un naipe de tarot (del costado le salen unas larvas tiernas, tiernas). Desde hace un rato te acompaña un enano. Es atroz y sofisticado. Es tu guardián. Rojo y seno y risa y cuadro. Noche y espejo y sangre y beso. Los hermanos, de traje impecable, ya han salido. Afuera un balazo, dos balazos. Todos callan un segundo. Luego siguen hablando. Es una de esas fiestas.

El director recibe un premio. –El director acomete por el pasillo del teatro, entre los muchos aplausos y las miradas busconas de la audiencia embelesada. Sube las raudas escaleras sin todavía creer que él –un don nadie, realmente–haya ganado semejante premio. Recibe la estatuilla con azoro, y contempla la carnal masa de expectantes devotos. A punto está de dar su agradecimiento cuando el director, el verdadero, pues, el que está sentado junto al cameraman, exclama “¡Cooorte!”, y procede a regañarlo de nuevo, con esa voz tan fiera y tan chillona. Es la doceava vez que repite la escena, el muy tarado.

Paseo. –Continúa andando, por el bosque. No mires hacia atrás; mira enfrente. Toda esa belleza que se abre ante ti. Todo este atardecer, tan nuestro. Deberías de estar agradecido. Pronto llegaremos, tú y yo, al viejo trapiche. Es un lugar crepuscular, muy idílico. Ahí es donde te voy a pegar un tiro.

Los esclavos. –Los esclavos, inderrumbables, pelearon la impensable batalla. Nacieron para ese momento limpio, que les permitió romper sus cadenas. Ya libres, se pusieron a trabajar por su cuenta; ahora son esclavos de otras cosas.

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