Jueves 15 DE Noviembre DE 2018
La Columna

El poder corrompe

follarismos

— Raúl de la Horra
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Quizás el poder en sí mismo no corrompa, pero es similar a lo que sucede con los achaques de la vejez, que aumentan conforme pasa el tiempo. Contra más tiempo esté uno incrustado en los engranajes del poder, y contra menos medidas autónomas externas de fiscalización y freno de ese poder haya, mayor será la tendencia a oxidarse y a pervertir la maquinaria del sistema, impidiendo que los problemas por o para los cuales se eligió a los detentadores de ese poder lleguen a ser resueltos, al menos en parte. De allí la importancia de que exista un plazo limitado para el ejercicio de ciertos cargos públicos, particularmente en lo que se refiere a la dirigencia política de un país.

Pero al parecer, este resulta ser un fenómeno humano  que afecta tanto a familias y a jefes de familia como a dirigentes de empresa o a líderes de grupos y asociaciones del Estado y de la sociedad civil: contra más tiempo delegamos y dejamos que se concentre el poder de la toma de decisiones en pocas personas, y contra menos control tengamos sobre ellas, más riesgos hay de que cometan torpezas, equivocaciones, abusos e incluso crímenes, y más probabilidades hay también de que esos errores y abusos queden impunes.

Para que ello suceda es necesario que se confundan, voluntaria o involuntariamente, los fines con los medios. Una familia, una asociación o un país definen algunos objetivos aceptados por la mayoría, y para alcanzarlos necesitan de ciertos medios como dinero, organización, disciplina y trabajo, por ejemplo. Pero con demasiada frecuencia sucede que los medios absorben y concentran toda la energía invertida, y casi imperceptiblemente van volviéndose un fin en sí mismos, olvidándose de los objetivos originales. Es así como el poder político, que en rigor es un medio para alcanzar metas sociales, se vuelve un fin en sí, de la misma manera que el dinero o la necesidad de organización, al extremo de que muchas instituciones privadas y gubernamentales utilizan más de la mitad de su presupuesto tan solo para gastos de funcionamiento.

Lo mismo ha sucedido con muchas de las llamadas revoluciones sociales y políticas en el mundo, a tal punto que la famosa frase atribuida al revolucionario francés Danton (guillotinado por Robespierre, quien a su vez fue guillotinado más tarde): “Hay que evitar que la revolución, como Saturno, termine devorando a sus propios hijos”, representa un llamado de atención desgraciadamente poco escuchado, cuando uno constata lo que pasó en revoluciones como la francesa, la rusa de Stalin, la cambodiana de Pol Pot, la cubana de ciertos períodos y la venezolana de Maduro –tan solo por mencionar algunas-, y no digamos ya, la que actualmente está manchando de sangre las páginas de los periódicos y las pantallas de televisión: la revolución nicaragüense.

Lo que sucede hoy en Nicaragua es inadmisible y no hay justificación para seguir manteniendo un régimen de arbitrariedad y de terror que abandonó los ideales que en algún momento representó el Frente Sandinista, pero que fueron cooptados y pervertidos, ya desde 1990, por Daniel Ortega y  Rosario Murillo, sostenidos por una camarilla de oportunistas en complicidad con los capitales  representados por el expresidente Arnoldo Alemán. Otro caso más que, por desgracia, ilustra la famosa idea de que el poder corrompe, y que el poder absoluto corrompe absolutamente. Esto, sin abordar lo que pasa en Guatemala, que es una situación digna de figurar en los anales del oprobio y de la idiotez universales.

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