Miércoles 21 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Sobremesa

SOBREMESA

— María Elena Schlesinger
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Conservo de mis padres centenares de cartas y tarjetas postales, fruto de un noviazgo de más de tres años, vivido a distancia, entre Europa y Guatemala.

Mi madre, una niña de dieciséis años, esperó sin prisa y sin consciencia de tiempo, el regreso de mi padre, mientras que él, un joven ingeniero prematuramente pelón que le llevaba más de trece años, alentó aquel noviazgo de mar de por medio, con el envío de ramos de rosas rojas, larguísimas cartas escritas en pluma fuente,  tarjetas de flores y postales de gatos con textos con promesas de amor eterno combinados con aburridísimas descripciones de arquitectura e historias de los lugares que iba visitando del otro lado del charco.

Cada sábado, al final del almuerzo, cuando la familia se encontraba degustando el postre llegaba vestido de punta en blanco, Pablo García, asistente de mi padre, quien pedía entregar en propio una encomienda de parte de su patrón a la “niña Mariíta”: flores, chocolates o confites italianos, los que mi padre había dejado dispuestos en la Abarrotería del judío Kósak, antes de su partida, el 16 de septiembre de 1927.

Durante aquel noviazgo llevado de lejos, mi madre recibió variedad de obsequios, pequeños “nomeolvides” para afianzar el compromiso de amor y lealtad de su incipiente noviazgo del ya no tan joven Luis: libros en francés para repasar el idioma; una edición de libros en formato miniaturas forradas en gamuza color camello con las rimas de Bécquer, subrayadas sus preferidas con tinta roja; varias partituras de sonatas de Beethoven para piano “para que te acuerdes de mí cuando las toques en el piano”…

Dos meses antes del regreso definitivo de mi padre a Guatemala, Pablo García llegó a la casa del Callejón Normal más catrín que nunca; camisa blanca enyuquillada y corbata ancha de palmeras.  Como era su costumbre, arribó en medio del postre. Tocó vidriera con los nudillos de su mano y pidió excusas por interrumpir el almuerzo. “Debo entregarle en sus manos esta prenda a la Niña Mariíta” dijo, sacándose del bolsillo de su traje una cajita de terciopelo rojo de la joyería La Marquesa portador de un lindísimo prendedor con forma de abeja, panza de agua marina, cabeza de rubí y ojitos de zafiros, con la nota adjunta con la estrofa de Darío, que mi mamá conservó toda la vida dentro de un baulito de concha nácar: “Abeja es cada expresión que volando del papel, deja en sus labios la miel y pica en el corazón… Tuyo, Luis”.

Mi madre corrió feliz  por el comedor de piso de alfombra mostrándoles a todos su obsequio, sin embargo, el abuelo Dámaso, que no se  había percatado del porqué del jolgorio,  al ver de cerca el prendedor de la abeja, se atragantó  del susto la inmensa porción de turrón de miel blanca que se había metido en la boca,  y sin poder proferir palabra, atragantándose, pidió con las manos que se retiraran del comedor para poder escupir tranquilo y sin pena, y además, pedirle a Adela, que por favor le llevara las gotitas de esencia de valeriana para calmarle los nervios y el susto. En su cabeza comenzaron a sonar campanas…

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