Sábado 17 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Un país de limosneros y tacaños

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com
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Se me hace un nudo en la garganta cada vez que, aprovechando el alto de los semáforos, o al pie de los túmulos a la entrada o salida de algún poblado en carretera, observo al bombero de semblante mustio y cariacontecido extender con el brazo la alcancía para acercársela a los automovilistas. Algunos dejan algo, unas monedas, lo que les sobra, poca cosa; la mayoría hace vista gorda y suspira con alivio al dejar atrás el rato incómodo, como liberándose de un retortijón en la conciencia.

¿Cuántas horas lleva expuesto a la intemperie? ¿Está en ese lugar por voluntad propia? ¿Quién le dio instrucciones de ponerse ahí? ¿En qué cabeza cabe insultar de modo semejante no sólo la dignidad de una persona, sino el honor de toda una institución? ¿Cómo es posible pasar tan rápido, sin escalas, de ser héroe nacional a un don nadie mendicante y rastrero?

Sólo una sociedad con la autoestima hecha ripio es capaz de normalizar la humillación hasta convertirla en modus operandi. Sólo así puede oficializarse, como si nada, la limosna como artimaña para obtener réditos, la explotación de la lástima y la culpa como medios para seguir a flote. Sólo un pueblo tacaño y miserable puede vanagloriarse haciendo alarde de una caridad en todo caso optativa, siempre escasa y para colmo entregada a destiempo.

Extender la mano fingiendo desahucio absoluto se nos ha convertido en vicio: encomendarse a dios y su coro de santos y ángeles, a papá gobierno, a mamá carambola; apelar al cuello del funcionario, a la bondad del patrón, al corazoncito del filántropo, al vuelto del millonario, al favor del cooperante, al manto justiciero de la CICIG. Colgarnos la etiqueta de víctimas, creernos peleles inermes, atados de pies y manos, carentes de vigor y autonomía; desplazar en alguien más la capacidad de resolver nuestras desgracias es siempre más fácil que asumirnos como parte del problema y de su solución. La pasividad expectante es más cómoda que aprender sobre la marcha entre aciertos y tropiezos.

Presenciamos la simbiosis perfecta entre quienes lavan su conciencia regalando migajas (migajas que salvan vidas pero no corrigen la dependencia; migajas que regalan el pescado pero no se ocupan de que todos aprendamos a pescar) y quienes se aferran a esa ayuda con uñas y dientes a falta de políticas de Estado que cumplan su mandato constitucional. Un círculo perverso, suma de redentores-redimidos por aquí y de buenos para nada que perdieron cualquier atisbo de fe en sí mismos por allá.

Vuelvo a los bomberos: en otros países los cuerpos de socorro venden, digamos, a cien, calcomanías para el búmper del carro cuyo costo es, digamos, diez. Al cubrir la diferencia el benefactor/beneficiario sabe que entre las vidas que con ello ayude a salvar bien podría estar la suya. Por cada pegatina expuesta, un impacto publicitario ambulante. Intercambio y empatía sin pisotear la dignidad ni provocar la lástima de nadie.

Y vuelvo a la sociedad guatemalteca, a los ciudadanos: ¿qué tal si (en vez de somatarnos el pecho y vociferar de indignación cuando ya es demasiado tarde) sufragamos al Estado para que atienda las necesidades que no pueden abordarse de manera individual, y a la vez auditamos la correcta utilización de los recursos que para tal efecto ponemos en sus manos?

    Menos mueca y más impuestos. Qué cara, a la larga, nos ha salido la tacañería.

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