Lunes 10 DE Agosto DE 2020
La Columna

Miseria y opulencia son vecinas

EL BOBO DE LA CAJA

Fecha de publicación: 22-06-18
Por: Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com

Con el cineasta Sergio Ramírez y la fotógrafa Laura Corrales atravesamos el país hasta cubrir, uno por uno, sus 22 departamentos. ¿El propósito? Retratar tanto la diversidad como la desigualdad en Guatemala. ¿El resultado? 44 entrevistas en video, dos galerías de fotos y dos libros. Digamos que el trabajo fue duro pero –ya se ve– dio sus frutos.

Un día de tantos nos detuvimos en la aldea El Rodeo, Escuintla, hoy célebre por los daños y pérdidas que sufrió tras la erupción del volcán de Fuego. Recuerdo bien el caserío principal, a horcajadas del trazo carretero que salía de la Ruta Nacional 14 para volver a ella un par de kilómetros cuesta abajo.

En una de esas casas, pequeñita, construida con sus propias manos, nos esperaba Miguel Cóbar. Él fue de las personas cuya realidad esbozamos. En comparación, su suerte y la de su familia no fue tan adversa: salvaron la vida sin un rasguño ni una quemadura. Perdieron, eso sí, sus terrenos. Tendrán que buscarse otro lugar dónde vivir (¡¿dónde?!) y tendrán que comprar otras tierras (¡¿con qué?!) porque el bosque y el barranco que servían de barrera natural fueron sepultados por las correntadas de ceniza y lodo. La zona toda es hoy inhabitable.

Recuerdo también que mientras hablábamos nos estorbaba el zumbido de los motores que daban vueltas en la pista del autódromo Los Volcanes, a escasos 200 metros de distancia. Opulencia y miseria: qué común se nos hace verlas convivir imperturbables una a la par de la otra, ésta resignándose a aquélla, aquélla ignorando a ésta como si no estuviera ahí.

“Nací en El Rodeo. Somos cinco hermanos. Mi papá era albañil y criaba vacas y cerdos. Nosotros pastoreábamos el ganado”, recuerda Miguel. Estudió hasta quinto grado. A los trece años ya era cortador de pelillo de caña: por una tarea, que le llevaba más o menos seis horas de trabajo, le pagaban un quetzal con treinta centavos.

Tuvo seis hijos, “pero se nos murieron dos”, explica con la insondable serenidad de los humildes frente a la desventura. “Antes era tranquilo, pero ahora hay mucha delincuencia; entonces ya no es uno libre de andar en la calle y, a como están los tiempos, no creo que las cosas vayan a cambiar”.

“Ya no hay trabajo. Le dicen a uno: ‘Mire, en tal lugar van a reclutar’. Usted llega, hay unas doscientas personas y lo más que contratan son diez. ¿Y el resto? Es donde digo yo que la delincuencia avanza. Póngale, una persona que tiene cinco niños: ¿qué puede hacer para mantenerlos si no tiene de dónde ganar para que salgan todos adelante? Ahí es cuando se dedican al robo”.

De sus cuatro hermanos, uno de ellos vive en Estados Unidos. Pensó él también en irse, pero le explicaron que el Norte no es ninguna ganga. “Al menos en Guatemala uno no tiene que estar escondiéndose”.

Acorralados entre el despojo, la falta de oportunidades y el riesgo que supone migrar en busca de mejores horizontes: es la realidad de los 6 de cada 10 guatemaltecos que naufragan debajo de la línea de la pobreza. Piense en ellos la próxima vez que se queje del tráfico, del café que se le enfrió, del paraguas que no abre, de su equipo eliminado del Mundial.

Y sepa que la condición de privilegio de unos pocos –como usted– se explica en razón del abandono de muchedumbres que no caben en ese eslogan mentiroso según el cual no hay diferencias, porque “todos somos guatemaltecos”.