Lunes 19 DE Noviembre DE 2018
La Columna

El vivo

buscando a syd

— Maurice Echeverría
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Esta es la historia.– Esta es la historia de una comarca y un hombre que la quiso para sí; y los medios abominables que usó para obtenerla; y su locura ulterior. Esta es la historia de tres hechiceras y una profecía en las nobles tierras de Escocia, de un indigno asesinato y la bruna servidumbre del poder. Esta es la historia de un hombre –y también la historia de una mujer susurrando larvas en su oreja repugnante y tumorosa. Esta es la historia de una estulticia, de un pecado condenado a repetirse, de unas manos, de sangre perpetuas. Esta es la historia, no otra, la misma: es la eterna historia de una traición.

La trampa.– Te acercas a la trampa –tímidamente al principio, resueltamente después– y permites que se cierre violentamente. Ya atrapado, el dolor te impide recordar que tú mismo la colocaste ahí.

Me gustas.– Me gustas. Me gusta la perla que empujas con la lengua hasta el mar. El modo sellado en que observas la almena en la tarde. La mujer roja que llevas en tu corazón de carne, mujer. Verte recoger lirios mutilados y tirarlos en la piscina. Oírte recitar poemas de Baudelaire (ese del albatros). Y que entregues un puñal a los ancianos de las avenidas. Cómo no permites que el frío entre en tu apartamento. Me gusta el sello imperial que cuelga de tu cuello corriente. Hacerte furiosamente el amor sobre las sábanas de pan. Cantas y me gustas, porque las pezuñas vibran. Toda esa espuma dulce que sale de tu herida relajada. Me gusta tu canario, tu esquina, tu vientre, tu apellido. Me gustas, sí. Pero no tanto.

Lo Tercero.­– Ya están aquí. Vinieron en eso. ¿Es daño lo que traen? ¿Traen salvación? ¿Nos harán sirvientes? ¿Nos darán caminos? No sabemos. Ellos son lo Tercero.

Desde la cafetería lo vi todo.– Desde la cafetería lo presencié todo. Cómo se bajaron dos sicarios y lo dejaron tendido, en el impudor de su sangre. En esa sangre una anciana mojó su pan. Para mientras, un pájaro negrísimo le sacaba la billetera. A la vez que un sacerdote le susurraba una condena en el oído. Él no estaba muerto, todavía, así que lo presenció todo. Y me presenció a mí presenciarlo todo, y pedir tranquilamente otra taza de café.

 

El Presidente y el Guardaespaldas.– El Guardaespaldas matará a todos y a cada uno de los mil Terroristas que pretenden matar al Presidente. Igual, el Presidente matará a todos y a cada uno de los mil Terroristas que busquen matar al Guardaespaldas. Presidente y Guardaespaldas se aman. Y pronto se lo dirán al mundo entero.

El vivo.– Sobre el cerro de cadáveres, queda uno vivo.

¿Dónde está tu padre, bastardo?.­– ¿Dónde está tu padre, bastardo? ¿Dónde está ese hombre modélico que te mostró, con infinita paciencia, a decir gracias? ¿A limpiarte el culo? ¿A cortar la carne fresca del venado? ¿Caminar en la sombra de los caminos? ¿Acaso me estás diciendo que no sabes? ¿Qué eres, de hecho, un bastardo? ¿Es que no sabes que los bastardos no son bienvenidos en este lugar?

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