Martes 18 DE Septiembre DE 2018
La Columna

El juicio

buscando a syd

— Maurice Echeverría
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Limpiar la casa.– Quizá lo que corresponda sea limpiar la casa. La casa, que es un caos. Es por culpa de las arañas, que secretan largas tiras de material viscoso. Y por los horribles fantasmas, que meditan en los rincones. Además están los muros, de los cuales brotan tensos alfileres. Y luego están todos esos teléfonos celulares, rotos en la tina. Un antílope expira en el cuarto. No estás.

Llévame al río cimero.– No te echo ninguna cosa en cara, ni espero de vos ya nada mejor que lo que siempre me diste, que siempre fue muy poco. Tengo apenas un deseo, desde este cuarto duro: llévame al río cimero, a toser toda esta sangre. Esta sangre, que toso y toso.

Nido.– Hoy en la noche dormiré en un nido de palomas cortadas.

Grito.– Me has gritado. Me has dado uno de tus gritos clásicos, uno de esos gritos que das como queriendo cortar las ventanas con tu grito. Y ese grito tuyo se me ha metido en el corazón. Y no sale. Y yo creo que será la causal de nuestro divorcio.

Duerme, viejo rockstar.– Duerme, viejo rockstar, ya no tienes mucho que decir. Tus lágrimas están secas, y no eres el vidente de otros tiempos. Ríete, si quieres, pero suelta la vieja negra golondrina: no sirve ya. Sabes en el fondo que tus canciones recientes son exactamente como las primeras –excepto que las primeras nunca fueron polvo– y que el piano, el pseudopiano, es solo una excusa para no estar entonces muerto. De modo que duerme, viejo rockstar, y si lo deseas duerme para siempre. Es lo justo para ti. Es lo justo para todos.

El juicio.– Yo soy la oca oscura, y ellos los cerdos que han venido a juzgarme. Siguen ahí, vertiendo su esputo silencioso. Soy hombre cabal, pido justicia. ¿Pero qué justicia puede venir de ese hato de educadores, moralistas sin relámpago? Una vez estemos solos, mi calabozo y yo, clamaré a Dios, para que los destruya.

Otra vez más.– Sea tuyo o mío el sueño, alguien está soñando. Por ese tubo digestivo que va de vos a mí, por ese tubo digestivo que va de mí a vos, caminan pequeñas tristezas, muy menudas. Lo cual es más o menos soportable, pero luego el tubo digestivo se rompe, y la presencia roja de lo deshabitado inunda nuestras largas almas–insectos. Ahora la noticia es que estamos tristes, pero, además de tristes, estamos solos. De no ser porque esto es un sueño, tuyo o mío, nos cortaríamos las venas, sería extremadamente conveniente. Pero como esto es un sueño, cada uno camina como un loco –evitando orquídeas de piel enferma, tiradas en el piso– sin nunca arribar a un lado. Despertaremos otra vez juntos; y otra vez tomaremos el café.

La bruja.– La bruja ha tomado un poco de su propia sombra, y la echa en el caldero, que suelta un grito volcánico. Su ayudante se ha puesto una máscara riente, y comenta palabras breves, atropelladas e ininteligibles. «¿Es que vas a callarte alguna vez?», amonesta la bruja. Hay una que otra gotera, pues la lluvia es tempestuosa, en esta tarde que pronto será noche, y más tarde muerte.

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