Jueves 21 DE Marzo DE 2019
La Columna

Raíces (parte II)

follarismos

— Raúl de la Horra
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A veces tengo la impresión de que la decisión de mis padres de irse de Europa para implantarse en América no dio los frutos esperados, al menos no como habitualmente uno se los imagina: tierras, riquezas, hijos, nietos. Emigrar a otras regiones, irse a vivir a otros continentes, ha sido el destino de la humanidad desde sus inicios, pero son trasplantes que nunca han sido fáciles para la primera y la segunda generación, y a veces pasan más de cien años hasta que empiezan a echar raíces.

Mis padres, que vinieron de Europa a mediados del siglo XX, no tuvieron más hijos que yo (mi madre sufrió un embarazo extrauterino cuatro años después de mi nacimiento, lo que le impidió quedar embarazada de nuevo) y yo, que nací aquí, decidí nunca tener hijos para romper con esa maldita lógica consistente en el hecho de que, por lo general, los padres se desviven y renuncian a muchas cosas (básicamente, a gozar de tiempo para sí) para darles lo mejor a los hijos, pero luego vienen los hijos y, sin ni siquiera haberse dado el tiempo de gozar a fondo de todas las posibilidades resultantes del sacrificio de sus padres, se lanzan a su vez (prematuramente, la mayoría de veces) a procrear hijos y a satisfacer, como sus padres y abuelos, las necesidades de los demás, antes que las suyas propias, de modo que, al final, se instala una cadena de condicionamientos familiares que no necesariamente contribuyen a que los individuos y las generaciones se sientan realizadas en sus potencialidades o puedan salir de la mediocridad moral e intelectual, sino que promueven una sucesión de servilismos orientados exclusivamente a la supervivencia y a la productividad y eficacia social.

Mis padres trabajaron como burros en Guatemala para que yo pudiera gozar medianamente de los privilegios de ser un “niño bien” que no tiene que hacer mayor esfuerzo para gozar de salud,  alimentación y buena educación, de modo que, al final, resulté siendo la negación de lo que ellos eran o, dicho en otras palabras, ellos tuvieron que negarse a sí mismos tiempo para cultivarse, para leer, para viajar, para tener una vida de intercambios enriquecedores con otras personas y para seguir evolucionando, porque tenían la obligación moral de sobrevivir y de ocuparse de mí, ya que si no lo hacían, nadie lo haría por ellos. Y es en este punto donde surge mi rechazo visceral hacia las teorías medievales y absurdas que aseguran que la familia es el centro del universo, porque por un lado ello hiperresponsabiliza a los padres y a las familias en general, conduciendo a una situación insostenible en el plano colectivo (el modelo de familia tradicional-patriarcal ha saltado ya hace tiempo en pedazos), y por el otro, desrresponsabiliza al Estado, quien es, en las sociedades modernas, el designado principal a garantizar la salud, la alimentación y la educación de los ciudadanos en el plano global.

Mi padre, que se convirtió en Guatemala en pequeño empresario de la industria y del comercio (excelente para el trabajo, pésimo para la economía), murió asesinado cuando yo tenía catorce años, y mi madre, que ya se había constituido igualmente como empresaria autónoma, tuvo que rajarse el espinazo batallando sola contra un mundo de hombres para que saliéramos adelante, ella y yo. Pero de este y otros asuntos, hablaré en otro capítulo.

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