Sábado 8 DE Agosto DE 2020
La Columna

Las mengalas

SOBREMESA

Fecha de publicación: 09-04-18
Por: María Elena Schlesinger

Actualmente en Guatemala, el término “mengala” ha quedado fuera del habla cotidiana, no así, en buena parte del siglo XIX y entrado el XX, cuando era muy común su uso, para referirse a las mujeres que se ganaban la vida realizando oficios considerados “menores”, trabajadoras y coquetas.

 

Se le llamaba mengala a la mujer de bajos recursos, mestiza, cuya principal característica fue tener que trabajar para ganarse el sustento diario, en tiempos en que “trabajar” era casi una mala palabra; asunto de “pobres” y estaba mal visto hacerlo, porque según decían entonces, “que trabaje el que no tiene dinero, hacienda, peculio o herencia”.

 

“Mengala” fue un término “clasista”, pues hacía mención a un grupo socialmente definido de mujeres. Mujeres de escasos recursos, con características físicas particulares, y con costumbres propias, como lo fue su vestuario, habla y el ir descalzas por la vida, a diferencia de sus opuestas, las “chanclas”, nominativo despectivo y también clasista, con el que llamaban con resentimiento a las mujeres de situación económica holgada, blancas y que usaban calzado.

 

Como atributos positivos se decía que las mengalas eran mujeres arrechas, galanas, trabajadoras y emprendedoras. Y como negativos, el ser quisquillosas, coquetas, malhabladas y abusivas. De poca o nula educación formal, con obligaciones familiares particulares que solventar, como por ejemplo ser madre soltera o estar a cargo de la manutención familiar.

 

Trabajaban de sol a sombra, atendiendo puestos de fruta y verdura en el mercado, y muchas de ellas se les conocía como las “regatonas” pues no aceptaban el regateo.

 

 

Por las tardes, llegaban a la ciudad a vender atol. Iban con un manto o chal negro enrollado en la cabeza y se sentaban en las esquinas, en banquitos enanos de madera de tres patas, en puestos improvisados, a vender atol a los parroquianos, en escudillas de barro: cucharones repletos de atol hirviente de elote, shuco, plátano, piloncillo o de ceniza, según el día, bebidas nutritivas que las mujeres traían cargando a tuto, en grandes recipientes de barro envueltos en mantas y servilletas muy blancas y muy gruesas para conservar el calor.

 

También, atendían pequeñas tiendas de barrio; fabricaban y vendían dulces de fruta encurtida, bolitas, quiebradientes y melcochas en los atrios de las iglesias, lavaban y planchaban ajeno o trabajaban como empleadas domésticas en las casas acomodadas de la nueva Guatemala de la Asunción.

 

A Manuela, la empleada sempiterna de la casa del Callejón, la entregó su madre una mañana de noviembre cuando aún no había cumplido los quince.

 

La niña vestía una falda amplia, raída de puntitos celestes que le llegaba a los tobillos y una camisa blanca con un cuello engalonado con trizas de tira bordada.

 

Estaba flaca como paleta y tenía manchas blancas en la cara y brazos. Llevaba descalzos los pies.

 

“Aquí se las entrego”, le dijo a la abuela María. “Me han dicho que usted es muy buena”. “Se llama Manuazela, Manuela a secas”.

 

“Se la encargo mucho”. Y salió por donde había entrado.

 

No hubo adiós ni despedida entre la madre y la hija. Ni siquiera un cruce de miradas. Tampoco lágrimas.