Jueves 22 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Por qué incomoda tanto la radicalidad

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda
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Dionisio Gutiérrez sorprendió a muchos –incluyéndome– semanas atrás con su hipercalculado viraje de timón, aprovechando el micrófono abierto que le brindaba Emisoras Unidas en horario estelar.

Mientras el resto de la descolocada élite empresarial respalda a Jimmy y cabildea en Washington y siente cómo el fango de su propia inmundicia va llegándole al cuello y discute tras bambalinas qué pitas mover, nuestro audaz súper campero, más cabrón que bonito, se desmarcaba de los suyos colocándose del otro lado de la barda, junto con la Guatelinda progre y manipulable que abraza la lucha contra la corrupción cual alternativa “no ideológica” para rescatar a nuestro país de las garras de los malos.

No menos sorprendente fue la diversidad de actores y sectores incorporándose a la convocatoria. Conozco a varios que lo hicieron actuando de buena fe. Casi me atrevería a poner las manos en el fuego por ellos. Pero ocurre que las nobles intenciones son apenas el punto de partida: los logros sustanciales requieren mucho más que sólo entusiasmo y actitud positiva.

¿Cómo oponerse a tan arrolladora convergencia de voluntades? En lo personal les deseo la mejor de las suertes. Tarde o temprano, sin embargo, habrán de zanjar, por consenso, qué tan radicales o qué tan moderados serán sus posicionamientos, y qué tan radical o qué tan moderado habrá de ser el alcance de las transformaciones que se proponen concretar. Veremos qué tal les va.

Cualquier apuesta por la moderación supondrá dejar fuera del proyecto de ‘reforma del sistema’ a las mayorías excluidas desde siempre: combatir a las mafias corruptas sin extirpar la matriz de la que provienen es como soplar las velitas y lamer el turrón sin llegar a tocar la masa del pastel. Hartas e indignadas, pero tibias, las clases medias parecen conformarse con eso. “Algo es algo”, dicen. Mientras tanto, los poderes fácticos acomodados a la tregua se frotan las manos sabiendo que el arreglo les permite obrar como hasta ahora, sólo que no tanto ni tan seguido.

La radicalidad, en cambio, se propone atacar el problema desde su misma columna vertebral. En nombre del más básico sentido de la dignidad exige, como premisa irrenunciable, la conformación de un Estado que nos incorpore y nos represente a todos, no sólo a los que salen en la foto. Entiende, además, que para lograr algo así no basta con cambiar las leyes: ¡hace falta subvertir las relaciones de poder!

De ahí que la palabra radical le resulte tan incómoda a algunos… empezando por los 260 guatemaltecos que acaparan más de la mitad del producto interno bruto del país. Sintiendo el asedio de una justicia que antes solía tener bajo control, la cúpula económica se encuentra hoy más debilitada y dividida que nunca: unos se atrincheran al cobijo del llamado pacto de corruptos, otros ondean la bandera blanca amigándose de súbito con el MP y la CICIG. Otros dudan aún, y se comen las uñas.

El remezón anti impunidad está fracturando linajes centenarios, añejas herencias, emporios familiares y alianzas corporativas que antes considerábamos blindadas. Habría que aprovechar para hacer mancuerna con las organizaciones de base y formar una corriente ancha, robusta y radicalmente transformadora, en vez de dejarse apantallar por los espejitos que ofrece la moderación.

Una oportunidad como esta no se presenta todos los días.

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