Jueves 20 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Tramitadores de impunidad

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda
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Conforman una amplia gama de brindadores de servicios elásticos, a la carta: Usted sólo dígame, jefe, y yo se lo resuelvo. Son los ‘vivos’, los pilas; gente esforzada, ducha para el bisne; patojos chispudos que no le hacen ascos a nada ni se rinden fácilmente, que “a saber cómo” pero encuentran la manera de salvar obstáculos y conseguir resultados. Personas arrechas, sumergidas sin saberlo (y sin intenciones de quererlo reconocer) en las ciénagas de la transa y la ilegalidad.

Gerentes, profesionales libres, empleados de confianza. Secretarias arribistas, asistentes trepadores, guardaespaldas con flexibilidad e iniciativa (sicarios, vaya). Los que hacen por vos la cola y agilizan el trámite de la licencia o el pasaporte. Los que atoran primero y luego –me extraña, jefe– desatoran el trámite en aduanas. El coyote que te lleva de mojado al Norte. Los del comité de vecinos que te cobran, sí o sí, la cuota de seguridad de la colonia, y que no se diferencian mucho del pandillero adolescente al que hay que pagarle, sí o sí, la extorsión.

Los conozco muy bien. Yo mismo he sido uno de ellos. Hace siete años ayudé en un videoclip que requirió traficar bebés de parlama. El CONAP interpuso una demanda contra mí en el MP.

Nunca vendí sustancias ilícitas, pero sí intermedié facilitándoselas a terceros. Y, por supuesto, las he consumido.

Para un documental en La Línea, cuando hubo que solicitar los permisos respectivos, ¿a quién acudimos? ¿A Gobernación departamental? ¿A la Muni? ¡Por favor! La clica de salvatruchas que controla el sector nos dio su visto bueno y ese arreglo, de palabra, cara a cara, nos valió en un apretón de manos más que mil sellos oficiales.

Recuerdo que, en mis años de vendedor, en el gremio destacaban sobre todo los linces. Así les decían: “Ve, ese cuate sí es bien lince para cerrar ventas”. El más ágil para la casaca. El timador, el inescrupuloso, el trinquetero: el que, con tal de ganar la licitación, le untaba la mano al encargado.

El sistema capitalista estimula la competencia y esa competencia no responde, en la práctica concreta, a los manuales de catecismo ni a los códigos de ética. El mercado es una jungla en la que sobrevive el más cabrón, el que mejor se las puede. Afuera, en la calle, la ley que se impone es la ley del más fuerte, la supervivencia del más apto. Darwinismo duro.

Somos cientos de miles. Somos legión. Somos los peones del pacto de corruptos: los tramitadores de la impunidad. Somos la piedra en el zapato de los que maquillan su imagen para salir de beatos en la foto. Esos, los “buenos”, también son nuestros clientes. Para ellos también estamos a las órdenes, jefe. A ellos también les hacemos trabajitos sucios.

Y ojo, que no todos están dispuestos como yo a dar la cara, ni todos están dispuestos como yo a cambiar de oficio. ¿Saben por qué? Porque no hay mucho de dónde escoger. De algo hay que vivir. Y aquí las oportunidades no abundan.

Para combatir la corrupción, sin medias tintas, es necesario fundar un país cuya noción de prosperidad y de justicia nos incorpore a todos.

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